Ser marrón en el Perú. Tener sueños de cristal.

*Por Guillermo Flores Borda

Estoy harto de que señoras blancas se me aproximen a darme órdenes en tiendas de abarrotes, electrodomésticos e, incluso, cuando estoy cenando con mis amigos o mi esposa -una ciudadana blanca estadounidense- sólo por ser marrón.

Estudié la maestría en Estados Unidos. Soy socio en un estudio de abogados, profesor universitario y un académico con cierta reputación en mis ramas de investigación (Game Theory y Religion & Politics). Colaboro con columnas de opinión para diferentes medios. Pero todo ese prestigio profesional y académico se esfuma en el momento en que me ven al rostro. 

Puedo estar vestido con el terno, camisa y corbata más caras posibles pero para estas personas, no existe la más mínima posibilidad de que sea un abogado/académico. Ellas tienen un prejuicio acerca de nuestra capacidad intelectual y de cuál es “nuestro lugar” y, hagamos lo que hagamos, no podemos escapar de él. Nos tratan como si fuéramos una casta.

Vivo una vida fragmentada en dos mundos. No tengo memoria de la primera vez que pude distinguir entre ambos, pero sí entendí que en uno era amado y en otro repudiado.

Gracias al sacrificio de mis padres y a una serie de ayudas económicas, asistí a algunas de las mejores instituciones educativas, pero fue en mi barrio en que recibí una verdadera educación para la vida. Haber crecido ahí, en un sexto piso con vista a la esquina, me impide ver a ladrones y prostitutas como parias y me lleva a reconocerlos como víctimas de un sistema opresor que no les ofrece igual oportunidades y que los hace merecer mi empatía.

Si nunca te ha faltado nada antes, te va a costar entenderme ahora. Yo soy nieto de campesinos y peones, hijo de migrantes, nacido en la capital del Perú (10 millones de habitantes). En tu parte de la ciudad, la vida se vive en rosa, pero el mío es un reporte desde el otro lado de Lima. Esa Lima que no conoces ni quieres conocer porque te parece ‘chola’, ‘sucia’ o ‘marginal’.

Es la Lima de los peruanos mestizos o marrones, que no somos vistos siquiera como “ciudadanos de segunda clase” porque no somos tratados como miembros de una misma sociedad sino como casta destinada a no ser plenamente integrada en ella.

Por eso no sorprende que la congresista, fujimorista Martha Chávez haya cuestionado públicamente la designación del ex premier Vicente Zeballos como embajador ante la OEA. Su racismo y discriminación le permiteron decir que el gobierno debió enviar a Zeballos a Bolivia porque comparten “rasgos indígenas”, y no como embajador ante el organismo internacional.

Ese tipo de comentarios nos confirman que las personas racializadas en este país no somos realmente libres; que nuestra libertad sólo puede ser ejercida en tanto no transgreda ciertas “barreras culturales” -como nuestros supuestos rasgos, formas de hablar, vestir, caminar e, incluso, de masticar- instauradas con la sola finalidad de negar ascenso social a unos mientras se monopolizan posiciones de prestigio para otros. No nos hace más libres que un ave que aún está descubriendo las restricciones de su jaula.

Ser marrón es para ellos una confirmación de nuestra supuesta posición servil en “su sociedad” o peor.

Estoy harto de que guarden sus teléfonos y billeteras al verme pasar; de ser tomado por personal de seguridad si voy vestido con terno y corbata; de que, al entrar a un club por cuestiones de trabajo, a otros se les permita entrar libremente y se les otorgue el título digno de “señor”, mientras a mí se me pregunte, en tono inquisidor, a quién busco.

Podemos haberlo ganado todo en esta vida, pero, para estas personas, no existe la más mínima posibilidad de que seamos profesionales o académicos. Ellas tienen un prejuicio acerca de nuestra capacidad intelectual y de cuál es “nuestro lugar” y, hagamos lo que hagamos, no podemos escapar de él. Nos tratan como si fuéramos una casta y, mientras siga siendo así, nunca vamos a tener una república de iguales.

Si la clase social es aquello de lo que uno puede escapar, mediante crecimiento profesional o académico, la casta es aquello de lo que no puedes escapar hagas lo que hagas.

Guillermo Borda Flores, abogado, académico y docente.

¿Acaso no son 200 años suficientes para que estas autodenominadas “élites” (que hablan tanto de nosotros, pero nunca han convivido y prefieren no vivir entre nosotros) aseguren nuestro lugar en esta sociedad?

Tenemos que, al menos, establecer algún tipo de diálogo entre quienes disfrutan del “sueño peruano” y aquellos que llevamos su carga.

Pero, ni siquiera podemos expresar abiertamente nuestro descontento ante este sistema de castas, porque en el momento en que exponemos nuestro sufrimiento, buscan encubrir la inequidad social existente acusándonos de sentir “resentimiento” y romantizando nuestra pobreza mediante la instrumentalización de algunas “historias de superación” (como la mía).

El problema que encara Perú está más allá de su capacidad para resolverlo, porque no se limita a una discusión sobre el reconocimiento de nuestra ciudadanía, sino de nuestra humanidad. Hay que repudiar estos actos de racismo y discriminaión, pero también construir políticas públicas que eliminen esas falsas «barreras culturales» que han creado un techo de cristal -que parece de hierro- para nuestro ascenso social.

Deberíamos poder esperar de nuestros políticos verdaderas transformaciones sociales, en lugar de tan sólo gestos momentáneos y palabras vacías. Pero, para lograr esto, los privilegiados de este país deben aprender a amarse a sí mismos y a sus prójimos, y cuando lo logren (y soy consciente de que esto puede que no ocurra ni hoy, ni mañana y quizás nunca), nuestro problema no será más y nuestros hijos no tendrán que soñar sueños de cristal.


Guillermo Flores Borda. Es abogado por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Máster en derecho por la Universidad de Chicago y profesor en la facultad de derecho y el departamento de ciencias sociales de la Universidad del Pacífico.

Colabora con columnas de opinión sobre temas de religión y política en Diario El Comercio y conduce el podcast Divina Política por Comité de Lectura.

Una temporada en el inframundo. Notas para combatir el cognicidio femenino

Por Violeta Orozco

“En México, las que destacan, son fácilmente sepultadas.”

Elena Poniatowska

Y aún las que no destacan. Hay muchas maneras de eliminar a una mujer. Una es colocarla en un lugar en donde ni los cuerpos ni las mentes de las mujeres valen. Decir que no valen mucho es un eufemismo. Parece que no valen nada. En el Estado de México, es fácil que las voces (y los cuerpos) de las mujeres sean anuladas. Sale gratis, es una práctica social altamente aceptada y recompensada, y no tiene repercusiones judiciales o legales. Así cualquiera. Si bien entiendo, vivimos en un país laico y abierto a la crítica, sobre todo en lo que respecta nuestra máxima casa de estudios, el semillero de las mentes más contestatarias y disidentes de México, la UNAM, que afortunadamente tiene sedes hasta en las zonas más marginadas de la ciudadanía de México y su zona metropolitana. Un santuario.

En la FES Acatlán, en Naucalpan, Estado de México, en donde estudié la carrera de filosofía, era una costumbre casi automática, profundamente tradicional y arraigada de algunos de los profesores de la carrera decir que no había mexicanos filósofos. Supongo que los que lo decían no se veían a ellos como filósofos (¿y entonces qué autoridad tenían para decirlo?). Pero quizá no lo decían para desanimarnos a los alumnos, sino al contrario, para prevenirnos, por si se nos ocurría de causalidad articular una crítica sólida y bien configurada de las condiciones de producción de nuestro discurso en una zona tan marginada como Naucalpan, Edomex, por si no saben; porque entiéndase que los grandes discursos se producen en la metrópoli, entiéndase Ciudad Universitaria aunque Ciudad Universitaria probablemente tenía los ojos puestos en una metrópoli con mayor autoridad intelectual aún que la suya (espero equivocarme ), y porque a quién le va a interesar hacer filosofía de marginados. Los marginados, según se deducía de la pedagogía clasista y elitista de la FES, al parecer no merecían tener espacios de expresión ni de representación, ni siquiera pensarse a ellos mismos. Abajo los pobres, que están condenados a no existir ni en la imaginación. Y aún más abajo las mujeres de los lugares pobres y marginados, pues no habrá justicia para ellas. Por si eso fuera poco, este discurso era muy popular en mi facultad, que pertenecía a una de las mejores universidades de América Latina. Imagínense las otras.

El caso de tratar de prohibir el pensamiento autónomo es ya de por si cruel cuando se trata de los hombres, pero es aún más extremo y surrealista cuando se trata de mujeres, que de por sí siempre andan pidiendo permiso para pensar (y para hablar y para existir). Ahora esta censura se vuelve mucho más peligrosa al comunicarse a las alumnas de Naucalpan, que forman parte de una estadística macabra de violaciones, secuestros y feminicidios en una de las partes más violentas del Estado de México, que es de hecho el estado con más feminicidios en todo el territorio mexicano. Imagínense la irresponsabilidad de un profesor de la UNAM que le dice a las alumnas que no se atrevan a pensar, ni a hablar, ni a andar divulgando lo que les sucede. A ver, váyanle a contar eso a la chica de la FES Acatlán que la violaron en agosto de 2016, en plena calle, a plena luz del día y con todos viéndola sin ayudarla. Vayan a decirle que otra realidad, una realidad en donde la agredan no es posible. Ya me imagino a sus profesores conservadores diciéndole que su situación particular no es de interés para nadie, que su problema a nadie le importa y que no es digno de ser pensando, es imposible de ser resuelto y ni siquiera existe porque todos se hacen de la vista gorda, empezando por el gobierno y terminando por las autoridades de la universidad. No se nos olvide que lo que no se nombra, lo que no se quiere admitir al pensamiento, lo que no se habla, es como si no existiera.

Tal vez las cosas ya estén cambiando ahora, pero en el campus al que me refiero, al menos en los cuatro años que estuve, no se tocaban temas tan escabrosos. Sólo en mi clase de Epistemología y Seminario de Marx con la sapientísima Dra. Rivadeo, alumna del ilustre Adolfo Sánchez Vázquez, exprofesora también de la Facultad de Filosofía y Letras, se discutían los problemas nacionales a la luz de lo aprendido. Su clase constituía una defensa absoluta de la libertad que sólo podía provenir de la valerosa exiliada de una dictadura, una tan sanguinaria y enemiga de los intelectuales como lo había sido la de Videla en Argentina. Era ella quien con su valentía intelectual y su lucidez descomunal nos instaba, nos provocaba a pensar sobre nuestra propia realidad social, y a dejar del lado el miedo a elaborar un discurso contestatario. Vaya reto. A nadie le gusta meterse en problemas, y menos si a uno lo castigan con calificaciones antes de titularse, o no lo dejan titularse. Pero ella era asombrosamente incorruptible, aún en una escuela priista, y su compromiso intelectual y político dejó huella en los pocos a quienes los otros no nos quitaron ahí las ganas de pensar. Por algo, Ana María Rivadeo fue la filósofa que mayor legado dejó en la FES Acatlán, en una época y en una zona en donde el marxismo estaba totalmente neutralizado y desacreditado y la epistemología se utilizaba para analizar cosas menos aterradoras que el cognicidio (que explicaré más adelante) y el feminicidio. Porque si lo que la mayoría de los profesores trataban era anular las capacidades críticas de sus alumnos, no les iban a andar diciendo lo que les habían hecho. Claro que no todos eran así. Muchos otros iban a contracorriente, predicando como Martin Luther King, los métodos pacifistas en una universidad profundamente violenta. Estaba por supuesto el maravilloso Óscar de la Borbolla que a los escritores emergentes nos invitaba a sus miércoles literarios y confesaba sin pudor que para él la filosofía no era más que otro género literario. También había un profesor muy querido, el Dr. Ángel Alonso, que con un aire calmado nos presentaba a Beauvoir como filósofa, y no simplemente una escritora, una feminista o la pareja de Sartre.

Ahora bien, sé que lo que digo acerca de mi profesora es polémico porque lo primero que me van a pedir es que les explique cómo es posible que una mujer sea filósofa, y luego tratándose de una mujer mexicana, la dificultad para concebir la posibilidad de su existencia es doble, si es que ustedes piensan como la mayoría de mis exprofesores. Yo sé que la figura de una mujer pensante es muy incómoda, sobre todo en un estado en donde las mujeres son carne de cañón, material para la trata o la pornografía, meros cuerpos desechables y violables que se avientan al Río de los Remedios que se encuentra enfrente de la Universidad, una fosa clandestina más en nuestro país. Si no conocen la historia, que en su tiempo fue noticia nacional e internacional, la historia completa la cuenta la periodista Lydette Carrión en su extraordinario y doloroso libro “La fosa de agua”. Imagínense, si a la osada Rita Segato -la filósofa feminista argentina famosísima que propuso la primera explicación teórica y bien articulada de los feminicidios de las mujeres en Cd. Juárez, Chihuahua – la amenazaron y lograron amedrentar cuando fue a visitar Juárez para mostrarles a los locales por qué es que estaban matando a tantas mujeres en su territorio, ¿a quién le van a quedar ganas de visitar mi querido Edomex para hablar de violencia de género?

Tristemente, las mujeres incómodas no son solamente las mujeres pensadoras, sino simplemente las mujeres. Sobre todo, en el Estado de México, en donde ya no se sabe qué hacer con ellas, con sus cuerpos jóvenes, con sus cuerpos viejos, con sus cuerpos en descomposición que ya no caben en los terrenos baldíos, en la fosa común del Río de los Remedios y en tantas otras fosas y morideros en Ecatepec, en Toluca, en Cuautitlán, en Atizapán, en Chimalhuacán, en Chalco. No se sabe qué hacer con ellas más allá de la violencia y la anulación física e intelectual.

De hecho, uno de los crímenes más atroces de la humanidad, (y eso que hay muchos) es el cognicidio, la anulación de las capacidades reflexivas y cognitivas de un ser humano, es decir, el crimen de despojar a alguien de su propia y natural capacidad de pensar. Tratándose de las mujeres, el cognicidio se ha naturalizado tanto que ni siquiera se ve mal, sino todo lo contrario. Esto, lamentablemente, no solo pasa en Edomex. En las parejas hay una práctica muy común conocida como gaslighting que consiste en que el elemento que tiene más poder (en las parejas heterosexuales este generalmente es el varón) le hace pensar a su pareja que está loca; que se equivoca en todo lo que dice y todo lo que piensa, que sus percepciones están mal y que por lo tanto debe hacerle caso a él porque él sabe lo que es mejor para ella. Lo peor de todo es que ella acaba haciéndole caso a su dominador cognicida, porque acaba creyendo que en efecto, él la conoce a ella mejor que ella misma. Así o más descabellado. Es por esto que las mujeres debemos priorizar la construcción de nuestras propias herramientas de conocimiento, al menos para que no nos manipulen ni decidan por nosotras, y seamos, por lo menos, más difíciles de matar. Olviden las pretensiones filosóficas, nuestra sobrevivencia misma está en juego: y sólo nuestro pensamiento, no nuestra ignorancia, es capaz de protegernos.

Otra estrategia utilizada para derrotar al enemigo o burlar al depredador es inducir en él la ignorancia, es decir, verle la cara. No informarle acerca de las cosas que debe saber sino de las cosas que queremos que sepa, aunque no sean verdaderas, y evitar a toda costa que se entere. En pocas palabras, desinformarle, mentirle, atolondrarle y engañarle. Así nos aseguramos de dominarlo, manipularlo, despojarlo, explotarlo y devorarlo, (si es que estos procedimientos les suenan vagamente familiares al cambiar la “o” por “a”). El científico Marcelino Cereijido estudia este comportamiento al nivel de organismos biológicos que logran vivir de otros a través de la trampa y el engaño, como los parásitos, y ve algo similar ocurrir al nivel de sociedades e individuos. A nivel del microcosmos académico, varios de mis profesores de filosofía evitaban misteriosamente los temas de feminismo o la perspectiva de género aplicada a cualquier cosa para ocultarnos a las mujeres estudiantes las herramientas que nos permitieran generar una interpretación autónoma de nuestra propia realidad (femenina fregada), y una crítica y una praxis que nos ayudarán a transformarla, y que de paso, nos permitieran empezar a generar nuestras propias propuestas. Parecía como si les tuvieran miedo, un miedo de ser criticados que era totalmente contradictorio con su legendario amor al conocimiento.

Aunque bueno, también es posible que muchos de ellos no conocieran esas herramientas cognitivas, o tuvieran miedo de usarlas, o sentían que no venían al caso, y que muchos desconocieran lo grave de prohibirle a los alumnos usar su propio criterio y tomarlo en serio para analizar su realidad presente. Pero en un país en donde matan al menos diez mujeres al día, entender por qué está pasando eso debería ser una prioridad, y no solo para los filósofos. Lo deberían entender sobre todo, las mujeres, porque somos las más vulnerables. Difícilmente vamos a lograr hacer cambiar unas condiciones que ni siquiera comprendemos, que nos son totalmente ajenas aunque las tengamos en nuestras narices. Y esto vale hasta para las mujeres entre comillas protegidas, las que están en lugares menos mortíferos del país, las que están en más posibilidades de elaborar una crítica a esas condiciones “inexplicablemente mortíferas” que solo son mortíferas e inexplicables si nos mantienen a todas en la ignorancia, en la ignorancia de las condiciones de nuestra propia vida y nuestra propia muerte.

Vistas así las cosas, queda más claro por qué es urgente que las mujeres logremos superar nuestro estatus de objetos y de víctimas impotentes creándonos como sujetos de conocimiento que enuncian y articulan una crítica a los propios instrumentos de conocimiento con los que nos están matando, anulando, censurando, ninguneando, explotando, marginando, excluyendo, y por supuesto, negando que nos lo están haciendo.

Esta crítica se ha venido haciendo en México lentamente, de una manera consciente y sistemática tal vez desde la década de los setentas o poco antes. Una de las pioneras de nuestro país fue una escritora, Alaide Foppa, profesora de la Facultad de Filosofía y Letras, una de las primeras feministas mexicanas (y guatemaltecas) que vio la urgencia de generar espacios de reflexión femeninos que desarrollaran una visión propia, producida por las mujeres, de su propia condición, tanto la histórica como la actual. Ella fundó la revista Fem, la primera revista feminista en Latinoamérica, que reunía escritos de feministas de todo el mundo. Ahí lo que se proponía era una visión propia de la realidad y una revaloración de las experiencias y de las actividades poco valoradas vividas o realizadas por mujeres. Foppa rescató en su programa de radio El foro de la mujer, los testimonios de las mujeres de todas las clases sociales, entrevistó y le dio voz a las mujeres indígenas y a las que fueron violadas por la dictadura militar de Romeo Lucas García en Guatemala, hasta que su activismo le costó la vida y la torturaron a muerte cuando fue a Guatemala a visitar a su mamá. No hay mejor forma de amedrentamiento para una mujer pensadora que el asesinato, sobre todo porque las que quedan vivas se dan cuenta de que el mensaje va para ellas.

Entre tantas otras cosas, Alaíde Foppa fue importante por ser una portavoz, por el valor y el reconocimiento que le dio a las voces de las mujeres marginadas, que no habían tenido en ningún espacio social, la oportunidad de ser escuchadas. Tanto tiempo nos tardamos en llegar las mujeres de a pie a la literatura occidental, en convertirnos en figuras centrales y protagónicas, que nos era ajeno hasta el ámbito de la imaginación literaria, en donde no tuvimos ni voz ni voto hasta el siglo XIX. Nunca representábamos, siempre éramos representadas, y además por autores masculinos. Virginia Woolf, Doris Lessing, Simone de Beauvoir, Clarice Lispector entre otras fueron de las primeras novelistas en atreverse a presentar protagonistas femeninas atípicas, que no se ajustaban al modelo de mujer tradicional que era esclava del tipo de comportamientos sumisos e irreflexivos que le habían dicho que debía encarnar en la época victoriana. Y nosotras, hasta antes de los sesentas, no nos dimos cuenta de la violencia de la apropiación de nuestras historias y de nuestras perspectivas, el que siempre quisieran estar hablando por nosotras los escritores masculinos, los filósofos europeos, los intelectuales latinoamericanos y una larga lista de colectivos de personas e individuos que creen tener más conocimiento de nosotras que nosotras mismas. Hasta hoy lo creen.

Durante siglos, las mujeres nos hemos suscrito a una visión alienada de nosotros mismas, en la que tácitamente hemos aceptado que valemos menos que los hombres, según los propios criterios de los hombres (como por ejemplo, la edad, que, fíjense qué raro, no les pesa igual a ambos sexos). Muy adentro de nosotras, hasta las más feministas seguimos creyendo en la manera en que el patriarcado nos clasifica. Por más que digamos que no; sentimos que hay un problema si alguien nos tilda de gordas, feas, viejas, frígidas, calientes, histéricas, taradas, putas, vírgenes, perras y toda la serie de etiquetas dolorosas que seguimos aceptando a pesar de que las odiemos. De esta manera, nos encontramos siempre en desventaja porque somos esclavas de estándares que ni siquiera nosotros creamos para nosotras, para servir a nuestros propios intereses. Lo que muestra la razón que tenía Bourdieu al decir que hemos interiorizado las categorías de nuestros dominadores como perspectiva de mundo.

Si no creyéramos en estos insultos, nos reiríamos de ellos. Pero al menos en México, hay toda una mística de la solemnidad que rodea a estas palabras. Puta es una palabra que sólo es ligera si se profiere en un bar o una fiesta. Pero si alguien la dice sobrio, es de esas blasfemias que desencadenan el silencio en una sala, o hasta en un camión o un consultorio. Y ni qué decir de la acidez quemante de las palabras vieja o gorda, que duelen aún a las jóvenes, aún a las delgadas. El terror en el que estas palabras tabú nos sumen es tal que hemos creado eufemismos para sustituirlas sin que esas mismas palabras, al aplicarse a los hombres, puedan tener un efecto tan devastador. Y es que ellos no se deprecian tan fácilmente como nosotras. Sabemos lo poco que valemos en el mercado sexual, y en vez de cambiar los términos de ese violento mercado que no creamos nosotras, y en el que no somos más que símbolos y víctimas enceguecidas, tratamos desesperadamente de no envejecer, no engordar, no afearnos, para valer aunque sea un poquito por nuestros atributos, por lo que no tenemos.

Es difícil, pero sería menos desventajoso para nosotras no dejar que nuestra sociedad ejerciera esta dominación ideológica sobre nosotras por medio del lenguaje. Organizar foros de mujeres (siempre y cuando estén desmachizadas, porque si no da lo mismo) como el que organizó la misma Alaíde Foppa en los ochentas en Radio UNAM, o el Seminario de la mujer, que Foppa inauguró en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, grupos de matronazgo (lo acabo de inventar) intelectual en donde las expertas crearan sus propios sistemas de valores y formas de autovaloración independientes de los masculinos. Porque imagínense, si no podemos crear ni siquiera nuestras propias categorías para pensarnos, pueden violentarnos de las maneras más inhumanas con toda la impunidad que les proporcionan sus justificaciones teóricas a conveniencia y todavía exigirnos que les pidamos perdón, como en el caso de las mujeres violadas que van al ministerio público.

Es por ello que el feminismo es una visión del mundo tan transformadora, porque es la única herramienta intelectual creada por nosotras las mujeres para defendernos. De ahí salió esta forma de conocimiento y por eso tardó tanto tiempo en desarrollarse, porque todas las sociedades androcéntricas trataron de hacer lo posible por evitar que la casta inferior de sus esclavas se les rebelara. Y frenaron por siglos la disidencia, la posibilidad de las mujeres de que su queja se convirtiera en algo más poderoso. Sin embargo, aunque lo han retardado, no han podido impedir que el feminismo transformara las condiciones de vida de una gran parte de la humanidad, y por eso hay tanta gente interesada en que esta forma de conocimiento no se propague, para que la mayor parte de las mujeres del planeta siga viviendo ‘felizmente’ en condiciones subhumanas. El problema (para ellos) es que cada vez menos mujeres son felices en su cautiverio, se vuelve cada día más evidente que no queremos esa realidad para nosotras. Además, tratar de impedir que las mujeres se vuelvan feministas es tan dañino como tratar de impedir que los niños aprendan a leer en un mundo que requiere este conocimiento para sobrevivir. Es así de elemental esta interpretación del mundo. Por eso la actual es una lucha tan revolucionaria y amenazadora para todos los que quieren que las brutales desigualdades entre los géneros se preserven, y sobre todo tan necesaria en un país tan misógino como México. A quien todavía no se dé cuenta (filósofo o no) de que defender la posibilidad de un discurso crítico y autónomo, en este caso el feminista, es defender la propia vida si uno es mujer y vive en México; lo invito a que pase una temporada en las partes más feminicidas de Edomex y se disfrace de mujer. A ver si su discurso antifeminista aguanta la prueba de la experiencia. A ver si sale vivo.

Violeta Orozco Es poeta y escritora bilingüe, traductora e investigadora. estudió FILOSOFÍA Y LETRAS INGLESAS en LA UNAM. es MAESTRA EN LENGUA Y LITERATURA HISPÁNICAS POR OHIO UNIVERSITY. ACTUALMENTE REALIZA EL DOCTORADO EN HISPANIC LITERATURE AND CULTURE EN RUTGERS UNIVERSITY, EN DONDE INVESTIGA POESÍA Y PERFORMANCE FEMINISTAS DE CHICANAS Y MEXICANAS, DA CLASES Y TRADUCE POETAS NORTEAMERICANAS. es Autora de “El cuarto de la luna” (Literal, 2020).
Ganó en México el Premio Nacional Universitario de Poesía José Emilio Pacheco en 2014 y el segundo lugar en el Concurso de Poesía en voz alta de Casa del Lago, 2014.

Por qué lo del director de cine, Pérez Garland, es acoso sexual y no ‘seducción intensa’ como aduce. Una guía para entender la diferencia.

Por Claudia Cisneros Méndez

Frank Pérez Garland es un director de cine peruano y profesor en varios centros de estudios desde hace dos décadas. En las últimas horas la página en Instagram «Acosadores de Cine Peruano» hizo públicos los testimonios de varias mujeres en contra de Pérez Garland por acoso sexual, incluida una menor de edad.

Al poco tiempo, Pérez Garland publicó una suerte de comunicado en su cuenta de IG. Allí pide perdón y dice sobre las denuncias, «debo confesar que la mayoría son ciertas». Parecería un adecuado mea culpa, sin embargo sigue rechazando la denominación de ‘acoso’ y elige llamar a lo que hizo durante veinte años «seducción intensa». En este post te diremos, de forma didática, qué está mal en todo esto y por qué.

Para empezar, llamar «seducción intensa» al acoso es un juego de palabras negacionista, inflamatorio y manipulador de quien se niega a llamar lo sucedido por su nombre: A-C-O-S-O.

En segundo lugar, a su comunicado siguieron una serie de reacciones, desde actores y colegas del ámbito del cine y la actuación solidarizándose con él, hasta por supuesto la indignación de mujeres por su supuesta confesión luego de haber sido puesto contra la pared por las denuncias.

Todo esto nos muestra que aun hay muchos hombres – y mujeres – que parecen confundidxs con los nuevos tiempos para los derehos de las mujeres y los términos o conceptos que quedan desfasados. Por eso hemos elaborado esta guía rápida. Para que se atualicen y se autoanalicen. Solo así esos hombres y mujeres podrán iniciar un necesario y saludable cambio de creencias profundas, malos hábitos aprendidos y normalizados, y evitar la condena social y legal. Pero principalmente, podrán de dejar de hacer daño.

  1. Seducción es acoso si hay una relación jerárquica de poder. Es decir, si el hombre tienen una posición laboral o académica de autoridad, porque implícita o explícitamente está hacienda uso de ella para ‘seducir’. Ese factor ‘extra’ de ser su profesor, su jefe, etc. le da una ventaja por sobre su víctima de sumisión y silencio pues la víctima por no inomodar o problematizar, o por evitar el riesgo de perder el trabajo o una nota, probablemente calle. Pero toda esa carga está implícita en ese avance sexual. Si fuera cualquier hijo de vecino en la calle o alguien con quien no hay esa relación de poder, la mujer podría sin contemplaciones ni dudas más fácilmente hacerle un pare. Esa es la jerarquía que el acosador utiliza a su favor aunque lo haya o no meditado así.
    #CambiaTuEnfoque: Llama ACOSO a eso que llamas ‘seducción’ o ‘seducción intensa’. Hazte cargo de las consecuencias de tus actos.

  2. Si eres amigx de un acosador – más aún, confeso- y lo primero que te viene a la cabeza es ‘pobrecito por lo que está pasando’, tienes que revisar tus sesgos. No debería ser normal que no pienses primero en las víctimas del acoso y sus estragos emocionales, laborales, aadémicos. No debería ser normal que sientas compasión primero por quien hizo daño
    #CambiaTuEnfoque: Piensa primero en las víctimas; solidarízate con ellas; aplaúdelas a ellas por haber tomado fuerzas para denunciar. (Sí, requiere de un gran esfuerzo mental, emocional y hasta físico sostenido denunciar. Pregúntale a cualquier víctima que lo ha hecho). Luego puedes decirle a tu amigo que te parece bien que lo reconozca al fin y aconsejarle que se haga cargo de los daños causados y sus reparaciones.

  3. Si eres periodista y tienes que reportar un caso de acoso, en el que el acusado incluso ha confesado, tu titular tiene que reflejar eso mismo. No trates de minimizarlo. Tu titular y tu nota DEBEN tener la frase ‘acoso sexual’ incluidos y debes explicar qué es y por qué se le califica como tal. Hagamos periodismo con enfoque de género para contribuir al cambio y rechazar el abuso.
    #CambiaTuEnfoque: Llevamos décadas de periodismo presuntamente ‘neutral’ pero que en realidad está sesgado en preponderancia al hombre en muchos sentidos. Sé parte del cambio y el equilibrio aplicando enfoque de género a tu ejercicio profesional. Tienes una responsabilidad social con el cambio.

  4. Si un acosador es expuesto públicamente y sale a pedir disculpas, no es momento de aplaudirlo. Se puede reconocer que tenga la decencia última de no seguir negándolo, como sí hace la mayoría de acosadores, volviendo a dañar a sus víctimas con esa negación. Pero tampoco es para darles palmas y dar por acabado el asunto. Por cada denuncia de acoso hay un mar de problemas generados a las víctimas: desde angustias y estrés innecesarios hasta pérdida de oportunidades laborales o académicas. Hay daño emocional y concreto. Unas meras disculpas no reparan el dolor y daños cuasados. El acosador debe hacerse cargo una a una, persona a persona, de esos daños y sus reparaciones. Lo fácil para el agresor es poner a todas en un paquete, decirles ‘sorry’ y pretender que allí se cierra el tema. Estamos hablando de personas, de vidas, individuas que tuvieron que soportar estos abusos por muchas razones (entre ellas que no existía antes la red de soporte social para denunciar). Y de eso tomaban y toman ventaja hace décadas muchos hombres en posiciones de jerarquía.
    #CambiaTuEnfoque: Que un acosador pida disculpas no es un favor a las víctimas ni a las mujeres. Es lo mínimo en el proceso de reconocimiento y reparación que le debe a sus víctimas y no es ni mínimamente suficiente. Debe tomar acciones concretas de reparación A CADA UNA DE ELLAS, empezando por pedirles perdón de manera individual y no en un paquete para pasar la página y hacer control de crisis para su imagen. Debe buscar cómo reparar el daño causado a CADA UNA DE ELLAS en vez de estar apresurándose en reparar el daño que sus acciones han causado en su imagen.

  5. El acoso sexual es delito y como tal debe ser procesado; porque es lo justo y porque es necesario que la sociedad comience a acompañar y fomentar desde sus instituciones el cambio de paradigma que el feminismo ha venido impulsando; por una sociedad más justa y segura para las mujeres.
    #CambiaTuEnfoque: Antes de proceder a ‘seducir’ a una mujer pregúntate si estás en una relación jerárquica o de poder con ella (edad, trabajo, escuela, universidad, etc.). Si lo estás, detente. Si no estás en una posición jerárquica o asimétrica, sé muy atento y sensible antes y después de tus avances. Si notas reticencia o rechazo, NO INSISTAS. La figura del ‘romántico’ que ‘sigue y sigue hasta que la consigue’ es caduca; pertenece a un pasado en el que el acoso se romantizaba y en el que las mujeres habían sido – a fuerza – acostumbradas a soportarlo. ¡Ya no! Y ese es parte del cambio.

¡Actualízate! O terminarás siendo procesado social y legalmente. El revisar tus creencias y hábitos en el ámbito de tus relaciones con las mujeres es parte de lo que se se llama ‘deconstruir’ comportamientos socialmente aprendidos que causan daño; ese proceso es lo que se conoce como cuestionar tu masculinidad hegemónica o tradicional para ser parte de las ‘Nuevas masculinidades’.

6. ¿Qué es y qué califica como acoso y hostigamiento sexual?

Ambas son formas de violencia y manifestaciones de poder que se dan en una relación de subordinación o no.

Cuando la relación es de subordinación laboral, académica, de edad, etc., el acosador toma ventaja de su posición jerárquica para hacer avances sexuales que pueden ser o no sutiles, aunque no por eso menos dañinos. El hostigamiento o acoso sexual pude ser:

Acoso físico: como un abrazo no correspondido, o que apreta más de la cuenta, besos no deseados, algún tipo de caricia en cualquier parte del cuerpo, acercamientos que invaden, etc.
-Acoso verbal: como comentarios o bromas de connotación sexual, invitaciones no deseadas para tener sexo, preguntas sobre temas íntimos o sexuales, o insistencia en tener una cita cuando la mujer no tiene interés.

Algunos ejmplos de acoso u hostigamiento sexual. Fuente: Organización Mundial del Trabajo (OIT).

7. ¿Los piropos en la calle también son acoso?
Sí, porque también puede haber hostigamiento sexual en una relación donde la asimetría está en no conocer al acosador y estar en un espacio o situación de vulnerabilidad, como el espacio público, la calle. Los piropos de un individuo desconocido o de un grupo de ellos en la calle, suelen generar en la víctima angustia por su seguridad. La víctima no tiene cómo saber si ese ‘piropo’ pueda venir acompañado de otra agresión física o sexual. Es injusto que una mujer tenga que sentir ese riesgo y temor en el espacio público. Es una invasión de su espacio e individualidad.

¿Por qué a veces las mujeres no denuncian o tardan en hacerlo? Acá algunas respuestas. Fuente: OIT.

8. ¿Por qué no denunciaron antes?
Suele ser una pregunta común hecha sobre todo desde el escepticismo de alguien que busca algún argumento para desacreditar la denuncia o a la denunciada. Hay que recordarles que las mujeres que han sido acosadas o agredidas pueden demorar toda una vida en denunciar; e incluso es más común que nunca lo hagan público por diversos motivos: como temor a ser humillada, a no ser creída, a sufrir insultos o amenazas por parte de la red de poder del acosador o por la protección institucional con la que este cuenta.

Jamás acuses a una mujer de no haber sido más tajante o de haber callado, ellas son las víctimas y el victimario es el acosador. No todas las mujeres tienen la misma capacidad de reacción. Algunas se paralizan por el miedo, no reaccionan como tú crees que debieron reaccionar por muchos motivos y ninguno las hace culpables de nada de lo que les ha sucedido. El culpable es el agresor. Siempre.

Para quien no lo ha sufrido el hostigamiento les puede parecer algo menor. No lo es. Acá algunas de sus consecuencias. Fuente: OIT.

SOBRE LA AUTORA

Claudia Cisneros Méndez – Periodista y comunicadora con estudios de mujer, sexualidad y género. TW

V̶a̶n̶i̶a̶ ̶T̶o̶r̶r̶e̶s̶ ̶n̶o̶ ̶e̶s̶ ̶r̶a̶c̶i̶s̶t̶a̶

Por Sharún Gonzáles Matute

Cada vez que alguien hace explícitos sus estereotipos o prejuicios raciales, el debate sobre quién o qué es racismo se reaviva en el Perú. Por años, la respuesta solía ser “no es racismo, son ellos los acomplejados”. Ha costado muchos años de trabajo y visibilización que ahora siquiera exista una respuesta políticamente correcta frente a actitudes flagrantes de discriminación racial. La indignación frente a las publicaciones de la surfista peruana Vania Torres Olivieri en redes sociales es un ejemplo de cuánto hemos avanzado y cuánto nos falta por recorrer.

Torres difundió una representación de un personaje teatral creado por ella misma que pretendía ser una mujer indígena, oscureciendo la tez de su rostro con maquillaje para simular un tono más oscuro que el suyo. La caracterización incluía arrugas, comisuras de los labios inclinadas hacia abajo, dos trenzas con canas y algunos gestos faciales exagerados. Para completar, Torres también afinó detalles de la vestimenta del personaje con una chompa cuello alto gris, y un manto sobre la espalda atado en el pecho.

Vania Torres, medalla de plata en Surf en los Juegos Panamericanos (Perú 2019 ) se disfrazó de mujer andina con la cara sucia para luego publicitar un producto de toallitas faciales que ‘limpian’ la cara.

Si esta descripción suena familiar a quien la lea, probablemente sea por la caracterización de la Paisana Jacinta por Jorge Benavides. Organizaciones indígenas como CHIRAPAQ han impulsado el retiro de ese programa desde el 2001, sin apoyo de la sociedad en general.  Si bien un sector de la población considera que el humor de Jorge Benavides no es discriminatorio, un análisis de contenido por Susana de los Heros desentrañó el rasgo discriminatorio de tal representación humorística. Por coincidencia, la representación de Vania Torres ha levantado bandos similares: quienes la acusan de racista y quienes la excusan mediante la libertad de expresión, el arte y el desconocimiento.

Es impresionante cómo en el lapso de una década, estallido de redes sociales de por medio, la sociedad peruana ha pasado de negar rotundamente el racismo a hacer severas acusaciones del mismo. Decir que alguien es racista es una forma de parecer progresista en un contexto que continúa reproduciendo el racismo en el cotidiano. Es también una forma de sancionar la flagrancia del racismo, sin cuestionar sus raíces y causas, sin autocrítica.

La Paisana Jacinta es un personaje televisivo del comediante peruano Jorge Benavides. Ha sido condenado socialmente por racista dado que representa a la mujer del Ande como sucia, desaliñada y desdentada.

El racismo se basa en la idea de que las razas existen y que las personas pueden ser clasificadas racialmente. Siguiendo rasgos físicos, principalmente, el racismo solidifica la ilusión que las y los humanos pueden ser clasificados en grupos discretos, muy separados unos de otros. Los estereotipos étnicos y raciales contribuyen a construir la idea de diferencias infranqueables entre humanos que son, en realidad, genéticamente similares.

La representación hecha por Vania Torres es claramente estereotipada y racializada. Ser mujer indígena es más que el color de tez, los rasgos faciales, las trenzas y la vestimenta, pero así es como ha sido definida racialmente en el imaginario racista peruano. Representarlas de esa forma contribuye a que el racismo siga existiendo en nuestra sociedad. Pero el racismo no es un atributo individual.

El sociólogo Eduardo Bonilla Silva explica que el racismo es un problema de poder, de estructura o red de relaciones sociales en diferentes niveles como el sociopolítico, económico e ideológico que da forma a las oportunidades en la vida de las personas de distintos grupos raciales. Como estructura, el racismo necesita de personas para transportar la ideología racial que lo avala. Esta distinción es importante dado que el racismo no es una característica individual sino sistemática y estructural. En el Perú, alguien puede representar a las mujeres indígenas de esa manera porque el racismo existe estructuralmente en otros niveles como la educación, el empleo, la salud, los medios de comunicación, las instituciones estatales

¿Por qué decimos que Vania Torres no es racista?

Vania Torres no es racista en el sentido individual, aunque ciertamente sus acciones replican ese racismo estructural. Ya que el racismo es un sistema compuesto por ideas, instituciones, leyes, prácticas cotidianas, sería más acertado decir que Vania Torres participa del racismo sistémico. Su participación, como para la mayoría de los peruanos y peruanas, sucede sin que ella si quiera se entere de cómo la estructura en la que ha crecido naturaliza los aspectos racistas de su comportamiento. Cuando culpamos a una sola persona de ser racista en sociedades como la nuestra, soslayamos el hecho que todas y todos participamos en la construcción y reproducción del racismo. Nuestro rol puede ser activo, cuando nos reímos de un chiste con prejuicios racistas, o pasivo cuando no cuestionamos el sentido común sobre las desigualdades raciales a nuestro alrededor. Es peligroso etiquetar a alguien como racista en un contexto lleno de complicidad, donde el racismo no es un hecho anecdótico sino una constante en el día a día de las personas racializadas.

La sanción a las actitudes de Torres fue ante todo moral. Como con otras acciones consideradas inmorales en la sociedad limeña, lo bochornoso de Torres no es que ella piense de esa manera, sino que lo haga explícito y público. Por eso, porque era un juicio moral, la deportista pidió disculpas públicas aludiendo sus buenas intenciones y sus valores. Pero el racismo no es una cuestión moral y amerita más que disculpas. Cuando entendido como una cuestión moral, en lugar de un fenómeno político, económico, social y cultural, el racismo aparece como un factor que separa los buenos de los malos. La sanción moral señala con el dedo acusador a quien es racista, como si el resto no participara en el problema. Así, quedan invisibilizadas las condiciones que posibilitan una expresión racista en primer lugar. Podemos comenzar por preguntarnos cómo aprendimos que podemos disfrazarnos de mujeres indígenas o de dónde sale que las mujeres indígenas se ven y se comportan de esa manera [1]. Estas definitivamente no son ideas creadas originalmente por Torres, sino arrastrados por siglos de colonialismo y explotación.

Además de disculpas, erradicar el racismo implica reconocer sus trazos dentro de nosotros mismos. En palabras de Victoria Santa Cruz, “que no me diga nadie que no es racista antes de serlo, hay que serlo primero”. El racismo es la regla, la configuración por default, no un asunto de buenas o malas intenciones. Para cambiar esto, necesitamos nuevas leyes, instituciones, y reformas, pero sobre todo identificar en el cotidiano las expresiones de un sistema racista que arrastramos por siglos. Si ya entendimos que el racismo es un problema, hagámoslo nuestro problema para comenzar a resolverlo. La autocrítica es clave en este proceso.

[1] Al respecto recomiendo el trabajo de Deborah Poole, Visión, raza y modernidad: una economía visual del mundo andino de imágenes (1997).

[Actualización: Agosto 22, 2020 tras el debate generado en torno a este texto]

Este artículo tuvo como objetivo llevar la discusión hacia el sentido estructural y sistémico del racismo, además de hacer visible la complicidad de la sociedad peruana con el mismo. En ese sentido, el título fue escrito provocativamente a propósito, para atraer la atención no sólo de lectores convencidos sino también de aquellos que aún dudan si el racismo existe o no en el Perú. El racismo en el Perú existe. Las representaciones estereotípicas de algunos grupos étnicos y raciales contribuyen a que se mantenga fuerte y sano.

Definitivamente, siempre hay algo que aclarar sobre el racismo. Más aún cuando se hacen afirmaciones categóricas. En este caso decir que Vania Torres no es racista es una motivación a la reflexión sobre aquellos que clasificamos como tal, y aquello que escapa nuestra sanción moral. No es una defensa a la acusada. Es una invitación a pensar más allá del hecho anecdótico e individual. ¿Qué va a pasar con el racismo en el Perú luego de que los responsables individuales sean sancionados? Seguiremos viviendo en un país que permite otras expresiones racistas como normales, naturales y hasta celebradas.

Ese punto se relaciona con la otra gran paradoja evidenciada en la discusión a partir de este artículo: ¿debemos responsabilizar a las personas o a las estructuras? La respuesta, desde mi perspectiva teórica y disciplinar, es que ambas son responsables porque una no existe una sin la otra. Las acciones individuales y las estructuras se retroalimentan. Por esa razón, el cambio estructural es posible a partir de cambios personales. El problema continúa siendo que el debate está en la existencia del racismo en lugar de qué vamos a hacer para solucionarlo. Pero continuaremos.


Sharún Gonzáles Matute es Magíster en Estudios Latinoamericanos y Magíster en Ciencia Política por la Universidad del Sur de la Florida (2020), con un certificado en Estudios de Mujer y Género, por la misma universidad. Licenciada en Periodismo por la PUCP, donde fundó colectivamente el Grupo Impulsor AfroPUCP en el 2012. Sharún ha sido miembro activa de diversas organizaciones y proyectos enfocados en la visibilización de poblaciones diversas y en la construcción de la ciudadanía con niños, niñas, adolescentes y mujeres afrodescendientes. Sus escritos forman parte de revistas académicas como Conexión (2019) y DPalenque (2019), y medios digitales como Afrofeminas, PuntoEdu y El Comercio.

El cuarto de la Luna de Violeta Orozco

El cuarto de la Luna

Para que nadie interrumpiera el curso de la luna

alquilé un cuarto

para poder soñar.

En él veía el puño cerrado del otoño

abierto como mi herida

¿pero por qué hablaba tan bajo

si dolía tanto?

¿Por qué mi voz amaneció sin voz?

Y yo pasé tantos años esperando

pero no pasó nada

porque no pasó nada en mí.

O tal vez sí, tal vez

un perro abandonado

ladró allí abajo

y toda esa ternura

que guardé para los tiempos

en que el otoño

se hiciera seda brillante

y me amara como el mar ama

se quebró

Pulsé la honda como arpa/ armé la piedra de belleza y verdad

la hice redonda/ la limé en mis labios imanté/ sus orillas de susurro

La luminosa naranja de la tarde/ se desangra No sueña el árbol derribado

en la esquina de la tarde Y eché serpientes por los ojos y fui vómito/ vena desangrada por su odio

Y pensé que iba a reventar de tanto miedo/ pudriéndome en tanto terror y no pude creer que alguien vería en mí algo más que un mundo/ a orillas del colapso/ un alarido animal aullido aullido inmenso azul /arrojado sobre mis ojos la bóveda celeste /arropando el círculo voraz

me devoraba todo/ yo misma fui el silencio que se devoraba

Ah, todos me decían que la vida era tan larga

que ya habría tiempo.

Y mientras crecía en mí la muerte, la mentira.

Yo era una ruina abierta al público

El dolor del mundo

Pensé que yo era el Dolor del mundo.

Y mi lengua dejó de hablar y se puso a lamer /la larga herida el Alarido

Soy un alarido/ que rompió el muro del silencio y se hizo sangre/ rasgada en el cielo

Yo soy la venida, yo soy la avenida violada/ en su primera noche a la intemperie

La luna no tiene casa /ni hotel para acostarse /

siquiera una noche/enlazada a su sueño

de paludismo y fiebre/la luna no tiene un cuarto

mengua mientras delira/cambia de tono y timbre,

declina y decrece/adelgaza enfebrecida en su alucine

/se desfigura y transfigura/ por eso crece

llama a la marea/ desde su cama recostada gime

deseo y distancia/confundidos en un solo goce

de atraer agua que se pliegue a su tacto/a su aullido de loba en brasa

llama/de salitre y brama

llama /a todos los que rondan en la noche,

velando vigilándose siguiendo

el toque de queda, la hora prohibida

¿Quién esperas que caiga

desde el pozo del cielo?

¿Quién quiso interrumpir tu curso transparente

con qué fin alzó su hiedra

para tapiar tu vista al muro?

Cuando abriste la ventana de tu cuarto/ todo era quietud como en un cuarto de niño:

el caballo de trapo recargaba la cabeza/ sobre la mecedora /cerraba los ojos

Recordando en la penumbra/ el cráter en medio del techo

su fractura azabache y obsidiana/ tus dedos enamorados de su filo.

cuando Abriste la ventana dejaste entrar al día

como un río olvidado de su curso,

lo dejaste inundar tu selva blanca,

y yo dejé que tomaras tu rumbo,

como lápiz que traza su designio

débil pero seguro

sobre la hoja en blanco

sobre la hoja en blanco temblando.

           sobre la hoja

                       en blanco


El cerco de las noches

Madura la quema de los huesos

en la mano floreciente del insomnio.

Temes que empiece

el cerco angustiante de las noches,

tus ojos yertos

frente al espacio

Las estrellas asombradas.

El gran silencio

de la ceiba de la noche

nace un barco

su luz de fría espiga

angustia la piel enferma.

Te interrogan los rostros en la noche

y no sabes qué responderles

a los astros en la noche.

Miras hacia arriba:

el palacio de imágenes

tejidas en el techo de tu cuarto

se han venido abajo

los horizontes

sobre tu rostro,

ha caído el tejado del mundo,

aboliste la distancia al destruirla,

has cercado lo que amas

mientras la alta barricada de la noche

se disuelve como polen

en el aire.


El canal

Cuando me tocas

recuerdo mi condición de río

atardezco contigo nuevamente

y el otoño camina más despacio.

Todo resbala por nosotros,

ecos y épocas ascienden y descansan.

Crece el pasto hacia dentro del invierno

Se apaga la escarcha lentamente

Siento tu rostro girar hacia el mío,

rehilete empujado por el viento.

Son tus ojos un canal encandilado

donde transcurre un pétalo-velero

(y yo miro emigrar en las acequias

el polvo de un oro desterrado.)

Tus manos son raíces, abren canales en mi piel,

vetas iluminadas por tu tacto.

A media noche una garza abre el río con su grito

y bajas a beber la claridad del canto.

El río asila noches blancas, mece tibias luces. Cabecea.

Amanece un alba tenue. Gotea toda la noche

el rumor que me navega.

Se estremecen los sauces,

la ribera se enciende en un susurro

alza el vuelo el alba

arde una hoja sobre el agua.

cascadas de horizontes

se desploman sobre la hierba

y un tremor de basaltos atestigua

el origen de la flor entumecida.

Una piedra se hunde hacia el silencio

y no queda de nosotros

sino el limo tenaz

hasta el fondo del estanque.


Estos tres poemas: El cuarto de la Luna, El cerco de las noches y El canal están contenidos en el poemario «El cuarto de la Luna» (2020). Proyeto Literal.

Violeta Orozco (Ciudad de México, 1989). Poeta bilingüe, traductora y ensayista.

Egresada de Filosofía y Letras inglesas por la UNAM, Maestra en Lengua y Literatura Hispánicas por Ohio University. Ganadora del Premio Nacional Universitario de Poesía José Emilio Pacheco 2014.

Actualmente realiza el doctorado en Letras Hispánicas en Rutgers University en New Jersey, donde investiga poesía y performance feministas de chicanas y mexicanas, da clases y traduce poetas norteamericanas.

Es autora del libro de poesía «El cuarto de la luna» (2020) publicado por editorial Literal. Ha publicado en revistas como Punto de Partida, Carruaje de Pájaros, La Palabra y el Hombre y en varias antologías de poesía de EU.

Junto con la periodista peruana Claudia Cisneros-Méndez, ha organizado múltiples lecturas de poesía multilingüe, feminista y activista en donde ha reunido a poetas de latitudes tan diversas como Estados Unidos, República Dominicana, Puerto Rico, Costa Rica, Arabia Saudita, Perú y Argentina con el colectivo «Speak Up Women» que fundaron.

Actualmente está traduciendo el libro «Les reflets du verbe» del poeta algeriano Hamid Larbi.

Y la muerte no tendrá dominio

Por Claudia Cisneros Méndez

«Y la muerte no tendrá dominio» es el título de esta pequeña (por el tamaño del libro) gran joya (por su contenido) de la literatura peruana parida por Victoria Guerrero. Es también el título y tema de un poema de Dylan Thomas. Aunque Victoria nos advierte desde el inicio, que el título alternativo y descarnado de su libro era (y sigue siendo): Matar a la madre.

Matar a la madre, simbólicamente, junto con todas las contradicciones existenciales que derivan de ese asesinato. Un asesinato imprescindible y a la vez casi imposible. La madre nunca muere del todo. No puede. La madre no es otro cualquiera, es quizás el otro más referencial de nuestras vidas, sea por identificación con ella como por referente de diferenciación. Hasta la diferenciación ocurre en función a ella.

Matar a la madre siempre será una tarea inconclusa. Biológicamente estamos hechas de sus huesos y sangre. Quizás la única forma de acometer del todo tal asesinato sea cuandonuestra propia existencia se extinga.

Pero nadie, o muy pocas, se atreven a hablar abiertamente de esta pulsión matricida, ni de sus heridas y cicatrices.Victoria lo hace en este libro que, que no les engañe el tamaño, en este pequeñito envase de texto están contenidas todas las costras, los desgarros y los dolores de ese complejo universo madre-hija.

Pero escritos de tal forma-y quiero recalcar la forma-que no hay manera de no sentirse presa y cómplice, no hay forma de no sentirse estremecida y afectada por lo que aquí se narra desde los infiernos más íntimos. Con una prosa poética tan, a la vez discreta, como descarnada; tan, a la vez intensa como disparatada. 


«Y la muerte no tendrá domino» o «Matar a la madre» es el triunfo de las palabras como piezas para crear atmósferas que recrean sentimientos, que los hacen palpables, vivos, salirse de la hoja seca del papel, para inundarla de vida mientras aborda la muerte; una prosa poética existencialista que tiene respiros geniales con la enhebración de una línea narrativa sobrenatural y fantástica protagonizada por una coneja parida medio muerta pero que se relaciona directa y vivídamente con la más cruda realidad. Cada vez que esa crudeza está a punto de volverse insoportable, la coneja toma protagonismo y nos libera de esa intensidad transformándola en algo exótico y hasta extravagante, aunque sin perder el hilo existencial de la narración. 
Como si viviéramos queriendo olvidarlo, Victoria nos recuerda que todas tenemos cuentas pendientes con nuestras madres o lo que representan; solo que pocas nos hemos atrevido a interrogarnos, y menos a hacerlo públicamente.

Por eso este paso de hacer público lo privado, algo tan íntimo como la pulsión de matar a la madre es tan significativo. Hay algo en la expresión de lo privado hecho público que consolida la dimensión de lo real. De lo real y lo universal. 

Una cartografía del dolor

Porque lo que nos decimos para adentro es casi siempre en voz baja, poco y muchas veces permanece en el inconsciente o lo poco consciente aunque indefectiblemente afecta nuestras relaciones y vidas públicas y privadas de maneras en extremo importantes. Mientras que lo que nos atrevemos a decir hacia fuera, a viva voz, es a voz de liberación; es muy parecido a los procesos de denuncias de abusos y agresiones en el ámbito privado que solo se cristalizan como una posibilidad de liberación una vez que nos decidimos a hacer de eso privado algo público. Recién entonces se encarna en la realidad social y podemos empezar a combatir sus efectos perniciosos, autoconcernos mejor y sanar.

Por supuesto que siempre está el riesgo de la estigmatización y de la vulnerabilidad de quedar expuesta ante la decisión de hacer público lo privado. Pero la ganancia termina siendo doble, la de la liberación personal tanto como la de la identificación de una complejidad compartida por muchas y que ayuda a problematizar socialmente esa herida compartida. 


No hay acto más valiente que la propia y pública autocrítica despiadada. Lo que más importa es nombrar todo aquello que permanece oculto y que interesa nombrar para hacerlo inteligible, primero para nosotras mismas y al mismo tiempo para todas. La escritura, si no es curativa, como sostiene Victoria en este caso, por lo menos sirve para “cartografiar la catástrofe” en medio de esos procesos de “crisis y caos”, y eso, ya es un inicio importante. 

Esa cartografía propia del caos que Victoria ha capturado en este libro, es tan personal y real como universal. Este libro, así pequeñito como lo ven, es una poderosa herramienta de interpelación. No esperen más respuestas que la que cada cual puede darse a sí misma.

Si algo pueden esperar, es a sorprenderse de una manera poco convencional. Porque leer este libro es como entrar a una dimensión extraña y conocida a la vez; a través de los hilos conductores de lo real y lo fantástico Victoria logra una rara consecuencia: que el texto no se estrangule o sea sombrío, pero que tampoco deje de ser complejo, porque cuando de lo real no puede decirse más a riesgo de hacerse insoportable, lo fantástico entra a oxigenarlo; lo enriquece a la vez que lo vuelve todo más extraño, pero lo más extraño, sin dejar de sentirse cercano. 

A dejarse devorar, pues, por esta radiografía existencial y fantástica de una escritora que escribe desde la mujeridad – tantas veces subvaluada por la hegemonía literaria masculina – y esctitas para la universalidad y la posteridad. 


Victoria Guerrero Peirano es poeta, editora e investigadora. Doctora en Literatura por la Universidad de Boston y magíster en Estudios de Género por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Recientemente ha publicado la novela corta Un golpe de dados [novelita sentimental pequeño burguesa] (Cusco, 2015 y Tijuana, 2014) y a dúo con el poeta chileno Raúl Zurita, Zurita + Guerrero (Guayaquil, 2014).Un compilatorio de su poesía se publicó bajo el título de Documentos de barbarie [poesía 2002-2012] (Lima, 2013) que comprende los libros: El mar, ese oscuro porvenir, Ya nadie incendia el mundo, Berlín y Cuadernos de quimioterapia. Sus poemas han aparecido en diversas revistas y antologías nacionales e internacionales, y se han traducido al alemán, inglés, francés, portugués y finés. Ha sido invitada, entre otros, al World Village Festival de Helsinski y el Latinale de Berlín. Actualmente ejerce la docencia en la Pontificia Universidad Católica del Perú.


SOBRE LA AUTORA

Claudia Cisneros Méndez – Periodista y comunicadora con estudios de mujer, sexualidad y género. TW

#Speak Up: Chosen «Best of Athens 2020»

Por Claudia Cisneros Méndez

Speak Up was chosen «Best of Athens» by community members in Athens, Ohio. Every year The Athens News opens up elections for citizens in the Athens community to vote for their choice of best restaurant in town, best politician, best activist, best athlete, etc. In the category for best student organization at Ohio University, #SpeakUp was recognized with the majority of votes from the community, becoming the most popular and acknowledged student organization in town.

«I think one of the reasons we were chosen,» explains Claudia Cisneros, #SpeakUp founder and president, «is because we have fostered events for the students that were purposely open to the community as well.»

#SpeakUp was founded in Fall 2018 and since has promoted several Open Mic Poetry events were students and community members could speak up about sexual-based violence, rap culture and violence against women.

«We chose poetry because it is a medium that offers special flexibility to tell stories or share painful experiences; and because it makes people invest themselves in a creative process that is cathartic and liberating.»

So far there have been four SpeakUp poetry events, all of them very concurred at Jackie O’s Brewery Pub:

-Fall 2018 – Featuring Appalachian women/men and Athens City Mayor, Steve Patterson
-Spring 2019 -International guests from Peru, Mexico and Ecuador
-Fall 2020 -Appalachian Women – Featuring Special Guest, Kari Gunter-Seymour, Athens Poet Laureate
-Spring 2020- #SpeakUp & BLM – A homage to Audre Lorde

#SpeakUp has also organized poetry workshops lead by Athens Poet Laureate, Kari Gunter-Seymour; as well as self defense classes of Krav Maga. All of the events have been open and free to the public.

«We thank all of our partners and allies because with their contribution we are bale to maintain this service open and free to anyone. The Multicultural Center at OU, ORSA Office, Student Senate SAC, J.Scripps School of Diversity and Jackie O’s.»

SpeakUp had two more events programmed before the pandemic kicked in. They are planning to adapt it to the new online COVID-19 mode of things. One is a poetry workshop lead by Ohio Poet Laureate, Kari Gunther Seymour, and the other one is call «Body Maps» and it is a workshop to draw real size maps of bodies, pains and injuries, as well as their healing processes and potential. «Body Maps» will be lead by Dr. Risa Whitson, a feminist and Social Geographer at OU, also #SpeakUp’s advisor.

«Things have changed now. As humans we adapt to survive, so we are challenged to come up with creative ways of continuing doing things,» highlights Cisneros, «and we will not let COVID-19 stop us. Pain and suffering is out there and we are committed to still give support to everyone who needs it, and to open possibilities of fostering community. This is why we will shortly announce our next Fall 2020 #Open Mic Poetry Event.»

She claims it has become a tradition already in Athens and they won’t disappoint those who are counting on this vehicle of expression and community.


SOBRE LA AUTORA

Claudia Cisneros Méndez – Periodista y comunicadora con estudios de mujer, sexualidad y género. TW

Quiénes somos

Sᴏᴍᴏs ᴀᴄᴛɪᴠɪsᴛᴀs ꜰᴇᴍɪɴɪsᴛᴀs (ᴇɴ ᴘᴇʀᴍᴀɴᴇɴᴛᴇ ᴄᴏɴsᴛʀᴜᴄᴄɪᴏ́ɴ, ᴄᴏᴍᴏ ᴇsᴛᴀ ᴘᴀ́ɢɪɴᴀ)  ʟᴀᴛɪɴᴏᴀᴍᴇʀɪᴄᴀɴᴀs. Cʀᴇᴇᴍᴏs ᴇɴ sᴇʀ ʏ ᴛʀᴀʙᴀᴊᴀʀ ᴘᴏʀ sᴇʀ ɪɴᴄʟᴜsɪᴠᴀs, ᴀɴᴛɪʀᴀᴄɪsᴛᴀs, ᴀɴᴛɪᴄʟᴀsɪsᴛᴀs ʏ ᴀɴᴛɪᴄᴀᴘɪᴛᴀʟɪsᴛᴀs. Vɪsɪʙɪʟɪᴢᴀᴍᴏs ᴇʟ ᴀᴘᴏʀᴛᴇ ᴄᴜʟᴛᴜʀᴀʟ, ᴀᴄᴀᴅᴇ́ᴍɪᴄᴏ ʏ ᴀʀᴛɪ́sᴛɪᴄᴏ ᴅᴇ ʟᴀs ᴍᴜᴊᴇʀᴇs +ɢᴇ́ɴᴇʀᴏs ʟᴀᴛɪɴxs. Cᴏᴍʙᴀᴛɪᴍᴏs ʟᴀs ᴠɪᴏʟᴇɴᴄɪᴀs ᴅᴇ ɢᴇ́ɴᴇʀᴏ.

FᴇᴍLATAM ᴇᴍᴘɪᴇᴢᴀ ᴄᴏɴ Cʟᴀᴜᴅɪᴀ Cɪsɴᴇʀᴏs Mᴇ́ɴᴅᴇᴢ (ᴘᴇʀɪᴏᴅɪsᴛᴀ, ᴀᴄᴀᴅᴇ́ᴍɪᴄᴀ, ᴀᴄᴛɪᴠɪsᴛᴀ ᴘᴏʟɪ́ᴛɪᴄᴀ, ꜰᴇᴍɪɴɪsᴛᴀ ʏ ᴘᴏᴇᴛᴀ ᴇɴ ᴄᴏɴsᴛʀᴜᴄᴄɪᴏ́ɴ) ʏ Vɪᴏʟᴇᴛᴀ Oʀᴏᴢᴄᴏ (ᴘᴏᴇᴛᴀ, ᴀᴄᴀᴅᴇ́ᴍɪᴄᴀ, ᴀcᴛɪᴠɪsᴛᴀ ꜰᴇᴍɪɴɪsᴛᴀ ʏ ᴛʀᴀᴅᴜᴄᴛᴏʀᴀ) ᴘᴇʀᴏ sᴇ ɪʀᴀ́ ᴄᴏɴsᴛʀᴜʏᴇɴᴅᴏ ᴄᴏɴ ᴍᴜᴄʜᴀs ᴍᴀ́s ǫᴜᴇ sᴇ ᴠᴀɴ sᴜᴍᴀɴᴅᴏ ᴀ ʟᴀ ʟᴜᴄʜᴀ ᴘᴏʀ ᴇʟ ᴄᴀᴍʙɪᴏ.

Pᴀ́ɢɪɴᴀ ʜᴇʀᴍᴀɴᴀ ᴇɴ ɪɴɢʟᴇ́s: @Sᴘᴇᴀᴋᴜᴘᴡᴏᴍᴇɴ, ᴏʀɢᴀɴɪᴢᴀᴄɪᴏ́ɴ ᴇsᴛᴜᴅɪᴀɴᴛɪʟ ǫᴜᴇ ғᴜɴᴅᴀᴍᴏs ᴇɴ 2018 ᴇɴ Aᴛʜᴇɴs, Oʜɪᴏ – ғᴏʀ Wᴏᴍᴇɴ & Gᴇɴᴅᴇʀs Rɪɢʜᴛs & Jᴜsᴛɪᴄᴇ (ʀᴇᴄᴏɴᴏᴄɪᴅᴀ ᴄᴏᴍᴏ ᴍᴇᴊᴏʀ ᴏʀɢᴀɴɪᴢᴀᴄɪᴏ́ɴ ᴇsᴛᴜᴅɪᴀɴᴛɪʟ ᴇɴ Aᴛʜᴇɴs, 2020).

FᴇᴍLATAM: Sɪ́ɢᴜᴇɴᴏs ᴇɴ FBIG ʏ Tᴡɪᴛᴛᴇʀ!

SᴘᴇᴀᴋUᴘ: Sɪ́ɢᴜᴇɴᴏs ᴇɴ FBIG ʏ Tᴡɪᴛᴛᴇʀ!

*Fᴏᴛᴏ: Hᴀʙɪʙᴀ Aʙᴅᴇʟᴀᴀʟ. Dᴇ ɪᴢǫᴜɪᴇʀᴅᴀ ᴀ ᴅᴇʀᴇᴄʜᴀ, Vɪᴏʟᴇᴛᴀ Oʀᴏᴢᴏ (Mᴇ́xɪᴄᴏ) ʏ Cʟᴀᴜᴅɪᴀ Cɪsɴᴇʀᴏs (Pᴇʀᴜ́).


Violeta Orozco – Poeta, ensayista y docente de letras hispanas.

Claudia Cisneros Méndez – Periodista y comunicadora con estudios de mujer, sexualidad y género. TW