Violación, tortura y asesinato en siete actos. Los testimonios contra Daniel Urresti.

El siguiente es el relato de una valiente campesina peruana, Ysabel Rodríguez Chipana, testigo presencial del asesinato del periodista Hugo Bustíos. Ysabel, además, denuncia por violación sexual al acusado principal de ese asesinato: Daniel Urresti Elera, hoy candidato a la presidencia del Perú. Esta es la espeluznante historia de violación, asesinato y tortura que cuentan Ysabel Rodríguez y Jesús Gálvez. Treinta y tres años de oscuridad resumidos en siete actos.

Por Claudia Cisneros Méndez

PRIMER ACTO: El encuentro

El día que asesinaron al periodista Hugo Bustíos, Ysabel Rodríguez se levantó de madrugada, como todos los días, a cortar la alfalfa de su chacra para llevarla al mercado. Todavía estaba oscuro en Huanta.

“Yo estaba ahí cortando alfalfa antes que aclarezca pues, ya era oscurito todavía, entonces…escucho unos pasos, yo con miedo, pues esa vez era miedo salir en la mañana…cualquier hora era miedo por el terrorismo”.

Era 1988 y en el Perú se libraba una sangrienta guerra interna contra el terrorismo de Sendero Luminoso (SL), pero también contra el terrorismo de Estado. Más tarde sabríamos oficialmente que miles de peruanos murieron ejecutados por militares sin presunción de inocencia o juicio de por medio. Ayacucho fue el epicentro de esa guerra. Y fue la Sierra donde la población sufrió lo más terrible de este fuego cruzado entre terroristas de SL y las fuerzas del ejército peruano. En Huanta, Ayacucho vivía Ysabel. En Huanta fue asesinado el periodista Hugo Bustíos.

“Escucho pues unos pasos así…me levanto, miro pues, ahí estaban soldados así en el cerco de mi chacra”. Cuenta Ysabel que los soldados estaban comiendo tunas, la fruta de su chacra que estaba a vista desde la pista. “Buenos días señora, buenos días tía, así algunos, entonces…estaban comiendo tuna porque mi tuna era plantadita”, recuerda Ysabel, que en ese momento tenía 28 años y cuatro hijos, el más pequeño de un año.

“Su jefe habrá sido pues…un soldado les llama: ¡carajo, conchasumadre, qué están haciendo, qué están tragando allí! Así, entonces ellos han salido a la carretera y yo con miedo pensaba que van a entrar y me van a detener”.

Pero los soldados salieron y se alejaron de su chacra. Alrededor de las 7 de la mañana, Ysabel seguía cortando su alfalfa siempre con un ojo vigilando sus alrededores. Es cuando aparece la primera vez esa mañana el periodista Hugo Bustíos.

Hugo Bustíos Saavedra de 38 años era corresponsal de Caretas en Huanta, Ayacucho, presidente de la Asociación Nacional de Periodistas de Huanta y se había convertido en un dolor de cabeza para el ejército porque cubría tanto la barbarie militar como la de Sendero Luminoso contra la población civil.

Fotos de Hugo Bustíos para Caretas. Bustíos se ganó la animadversión de los militares porque reportaba por igual la barbarie del ejército y la de Sendero Luminoso contra la población.

La primera vez que esa mañana del jueves 24 de Noviembre Hugo llegó hasta donde Ysabel, fue para preguntarle la ubicación de la casa de un poblador de la zona. Bustíos estaba investigando el asesinato de la señora Primitiva Jorge Sulca y de su hijo Guillermo, quienes la noche anterior habían sido asesinados presuntamente por Sendero Luminoso. Hugo saludó a Ysabel, a quien conocía desde hacía años porque Bustíos además de periodista era abogado y un exitoso comerciante de productos agrícolas. Ysabel cuenta que solía comprarle cochinilla y otros productos.

“Negrita, diciendo me llama. Y yo me levanto y era el señor Hugo”, cuenta Ysabel. Ella se alistaba a cargar su burro con la alfalfa recién cortada para llevarla al mercado en la ciudad. Bustíos al percatarse le pregunta “¿Para qué estás cortando ese alfalfa? me dice. Yo le digo, para el mercado señor Hugo. Entonces me dice ¿no sabías que es paro armado? La verdad que yo no sé Sr. Hugo, yo no sé le digo. Te van a hacer burro-bomba… me dice, no lo lleves al mercado, me dice. Y yo le digo, pues gracias señor Hugo, yo no sabía”.

Paro armado, en esa época, era como se le llamaba a la suspensión forzosa de actividades bajo amenaza de muerte por Sendero Luminoso. No acatar el paro era arriesgarse a ser asesinado por Sendero. Pero muchas veces, los pobladores de zonas rurales no se enteraban si no habían estado en la ciudad.

Bustíos se marchó pero regresaría más tarde en su hora final. Mientras, Ysabel dejó la alfalfa, abrió la tiendita de abarrotes que tenía junto a su casa y preparó el desayuno para sus hijos, Maribel (11), Almícar (6) y Magali (3). Luego se apostó en la puerta de su tiendita a tejer una chompa mientras esperaba a la clientela y vigilaba su cocina. Ysabel calcula que serían alrededor de las once de la mañana cuando vio volver a Bustíos.

Antes de llegar nuevamente a casa de Ysabel, Bustíos había intentado dos veces esa mañana ingresar a casa de la señora Primitiva para investigar el crimen del día anterior, pero los militares que custodiaban la casa no se lo permitieron, por eso se fue al cuartel de Castropampa a conseguir el permiso del comandante Víctor La Vera Hernández, jefe del cuartel y sus dos mandos, el capitán José Salinas Zuzunaga, encargado de la Sección de Operaciones (S3), y el capitán Daniel Urresti Elera (“Arturo”), de la Sección de Inteligencia (S2). Al cuartel llegó con su esposa, Margarita Patiño. Fue tras conseguir ese permiso que volvió a la zona por donde vivía Ysabel, que era camino a Erapata, lugar del asesinato de la señora Primitiva. Bustíos dejó a su esposa en casa y volvió a la zona junto con un colega periodista.

SEGUNDO ACTO: El asesinato

“Ahí tejiendo mi chompa escucho su sonido del carro, ya ahí habrá sido 11 más o menos. Me levanto y casi al medio de la carretera salgo para mirar arriba”. Ysabel cuenta que detrás de la casa de su hermano, que estaba cerca a la suya, vio un vehículo del ejército. “Había un carro de militar y estaba cuatro personas vestidos de civil con polos blancos y pantalones jean. Y entonces yo con miedo así me asusto, entro a mi tienda y a mis hijitos los saco. Algo va a pasar aquí”, pensó mientras despachaba a sus hijos para que se alejaran del lugar y espantaba a sus animales con los que a veces también se ensañaban terroristas o militares. Ysabel, asustada, llega a casa de su hermano, Teodosio Escalante, mientras ve cómo dos de los sujetos vestidos de civil pero de corte militar entraban armados a un ‘caserón’, que es como le llaman a una estructura de paredes sin techo.

Pasaje donde fue asesinado el periodista Hugo Bustíos. Huanta, Ayacucho, 1988. Foto: Caretas.

Le cuenta a su hermano lo que está pasando y ambos empiezan a huir cuando su hermano se percata que ha dejado sus ahorros en su casa.

“¡Mi plata, mi plata! Desesperado regresa y yo también”, relata Ysabel. Mientras su hermano entraba a recoger el dinero, Ysabel se escondió en los matorrales que estaban detrás de la casa de su hermano, muy cerca de donde había un badén.

Desde los matorrales, Ysabel pudo reconocer al menos a dos de los militares armados vestidos de civil. Uno era el capitán “Arturo”, jefe de inteligencia del cuartel de Castropampa, y al otro que le decían “Ojos de gato”. En esa época de lucha antisubversiva, los militares no usaban sus nombres legales sino un alias. A Ysabel no le fue difícil reconocer al capitán “Arturo” porque durante meses coordinó con él la construcción del muro perimétrico del cuartel de Castropampa.

Entonces Ysabel ve aparecer la moto lineal de Bustíos y su colega, Eduardo Rojas Arce, corresponsal del diario Actualidad. Iban con el motor apagado porque estaban en bajada.

“Atrás de los matorrales, ahí yo me escudriñé. Había una baden, una acequia, y ahí bajó un poquito su velocidad la moto. Ahí disparó… ¡No disparen, no disparen, somos periodistas!”, recuerda Ysabel haber escuchado gritar a los periodistas identificándose. Pero las balas corrían a matar. “Entonces cayó el Sr. Hugo. Un poco se arrastró la moto, después a su colega le gritó: ¡corre, corre escápate, son militares!”.

Rojas herido logra levantarse y huye. “Más abajito se cae, se levanta así cojeando”. En ese momento Ysabel también emprende huida con el menor de sus hijos, el de un año, cargado en su espalda.

 “No sé a cuánto de distancia alcanzo a mis hijos y de ahí…revientan una bomba. ¡Dios mío a mi papá lo habrán matado!” pensó con horror Ysabel. Pronto se enteraría que la explosión había sido para acabar con la vida de un agonizante Bustíos.

“Le habían puesto bomba al señor Hugo, lo han…”, no termina de narrarlo, Ysabel, se pierde en el recuerdo de ese día hace treinta y tres años.

Los resultados de la necropsia fueron brutales: “destrucción de toda la hemicara izquierda con fractura de toda la bóveda craneana. Tórax: Destrucción completa de todo el hemitórax izquierdo con desprendimiento del miembro superior izquierdo y presenta un olor característico a pólvora”. También quemaduras de primer grado en el tórax y brazo derecho, cuatro orificios de bala cerca a la axila, antebrazo izquierdo, región lumbar y pierna derecha, y daños al cráneo y cuerpo producidos por los explosivos que detonaron en su cuerpo. (Caso Bustíos: Periodismo de alto riesgo en Perú, p. 41)

Sospechosamente, no se recuperaron ni restos de explosivos ni casquillos de balas en el lugar del asesinato y la fiscalía denunció que los militares impidieron en un primer momento a la policía acercarse al cadáver. Algo que en definitiva era contrario a los asesinatos de Sendero, que siempre buscaban sembrar terror en la población, que supieran que fueron ellos. Eduardo Rojas logró huir con tres impactos de bala y testificó que les dispararon a matar y que vio cómo los militares vestidos de civil explotaron el cuerpo de Bustíos.

Margarita Patiño, esposa de Hugo Bustíos durante su funeral en 1988. Además de los 4 balazos, a Bustíos lo dinamitaron para asegurar su muerte. Foto: Caretas

TERCER ACTO: La violación. Dos veces.

Cuarenta y ocho horas después del asesianto a Hugo Bustíos, el sábado 26 de noviembre, pobladores y autoridades de Erapata y Quinrapa fueron conminados a presentarse a la base del ejército de Castropampa. Allí permanecieron detenidos y sucedieron hechos abominables que a continuación relatan los testigos.

“Nos han citado al cuartel; hemos ido y mucho rato hemos esperado”, dice Ysabel recordando que llevaba a su hijo Michael de un año a cuestas porque aun lactaba. De a pocos, los militares fueron seleccionando quiénes se quedaban detenidos en el cuartel y quiénes se podían ir. A ella junto a otras 5 mujeres y 13 hombres los detuvieron. Dieciocho en total, entre los que estaban quienes vivían cerca del lugar del asesinato de Bustíos.

“Nos ha hecho entrar a una carpa. A mi me ha vendado con su pañal de mi hijo. A los demás señores también. Y allí dentro de carpas sentía como unas camas, algo así era, entonces como en un callejoncito nos ha hecho entrar. A mi costado me puse como dar pecho a mi hijo. No sé lo habrá hecho chancar a mi hijo, (que) empezó a llorar mi hijo” . Ysabel intentó calmarlo pero algo nuevamente le pegó al niño que siguió llorando. Entonces alguien la saca de la carpa. Allí afuera Ysabel logró ver tirados en el suelo a sus vecinos el Sr. Jesús Gálvez, Demetrio Palomino entre otros, todos boca abajo. Ysabel también cuenta que era el capitán Arturo quien la sacó de la carpa y la hizo entrar a otro lugar, ahora ya a solas.

Testimonio de Ysabel Rodríguez Chipana, Enero 2021. Video: Entrevista de Claudia Cisneros para FemLATAM.

“En ahí, pues, me sacó, prácticamente yo estaba cerca a él, y me llama a un ladito que ahí había como una mesa había como fólderes … había una máquina de escribir. Ese Arturo, pues, ahí se abusó de mi. No tenía piedad, mi hijo que lloraba y me hacía, me decía: ¡hazle callar a ese bastardo! Yo le suplicaba, le rogaba, no ha tenido pena de mi…la verdad que a mi me indigna cada vez que me recuerdo, me duele mucho la verdad que ese mostro ni va a poder morir…la verdad que yo vivo muerta en vida…al reconocer ese monstruo, no me quedaba nada, la verdad que no podía dónde ir, qué decir, solo me quedaba llorar. Muy amenazada, ese mostro me decía: si vas a hablar te voy a matar” Ese monstruo, asegura Ysabel, es Daniel Urresti Elera.

El Muro
Ysabel conocía muy bien la cara y la voz de ‘Arturo’ porque durante meses ella y otras mujeres de su pueblo organizaron a los hombres para colaborar con la construcción del muro perimétrico del cuartel Castropampa. A falta de hombres que temían ser autoridades por miedo a ser asesinados, las mujeres tomaron esos cargos. Ysabel como tesorera se encargó de la coordinación con Castropampa para erigir el muro.

“En 88 hemos construido el muro perimétrico del cuartel. Como los mataron a los miembros de la comunidad, ya no querían servir los varones. Entonces nos han nombrado entre mujeres. Tres mujeres hemos servido como autoridad y hemos construido la muralla del cuartel. Ahí yo lo he conocido antes del asesinato. Lo conocía por Arturo no más, no su nombre. Hasta 2015 yo no sabia su nombre”. Debido a ese trabajo por el que mantuvo comunicación casi diaria durante meses con los mandos del cuartel, Ysabel conocía de cerca a “Ojos de gato” (Amador Vidal Sanbento), a “Centurión” (Johnny Zapata Acuña), a “Arturo” (Daniel Urresti) y a otros militares de la base militar de Castropampa.

Ysabel asegura que el muro tardó meses en levantarse y las coordinaciones eran directamente con “Arturo”.

“Primero hemos sacado tierra para trabajar el adobe. De ahí … la piedra hemos llevado para cimentar. Cuando ya secó el adobe hemos hecho la construcción pero por tramos… Yo llevaba diario a la gente que iba a trabajar ahí. Coordinábamos con ‘Arturo’ y ‘Centurión’, ellos eran los mandos. Más o menos hemos demorado tres meses, más o menos después que pasa la lluvia, Mayo, Junio, Julio”, relata Ysabel.

Muro del cuartel militar de Castropampa que Ysabel Rodríguez,como tesorera de su comunidad, colaboró en construir. Sus coordinaciones, asegura, eran con el capitán ‘Arturo’, jefe de inteligencia de la base.

La segunda violación

Ysabel aún en shock pasa unos días en casa de su hermano hasta que de vuelta en su casa y mientras la presión social por la muerte de Bustíos crecía, ‘Arturo’ aparece una noche en su casa con 10 a 15 militares.

“Este Urresti me sacó de mi casa hacia el patio. Detrás del patio yo tengo una muralla…allí yo tenía un pacae grande. Abajo del pacae se abusó de mi…”.

Antes de quedar inconsciente, Ysabel recuerda que Arturo volvió a amenazarla.

“Solamente sabes tú, o sea me estaba advirtiendo de caso de Bustíos: solamente sabes tú. Por estos bastardos – a mis hijos los decía bastardo- te voy dejar viva, sino te mataría. Si tu hablas ¡te voy a matar, te va comer chancho, te voy a hacer polvo, ceniza!”.

Tras perder la conciencia, Ysabel amaneció entre los tunales de su chacra con su bebé junto a ella; no recuerda en qué momento habría perdido el conocimiento pero aún asustada no quiso entrar a su casa pensando que podían estar los militares, así que corrió a casa de su hermano. Sus hijos, al no encontrarla esa mañana también habían llegado hasta la casa de su tío.

“Y cuando he llegado no más todo mi cabello despeinado, mi blusa todo desordenado, ni siquiera tenía valor para arreglarme… ahí no más llegó un periodista de Caretas”, a quien Ysabel tampoco se atrevió a contar nada de lo recién sucedido. El periodista, sin embargo, logró tomarle una foto que con los años ha sido crucial, pues registra el estado de Ysabel luego de la denunciada violación de Urresti la noche anterior .

La foto de Jorge Ochoa (Caretas), tomada la mañana en que Ysabel, tras perder la conciencia durante la segunda violación, amaneció en su chacra con su bebé Foto: Caretas.

“Yo estaba bien advertido … por eso es lo que yo no hablaba (…) Muchos periodistas han venido, muchas personas han venido a preguntarme. Yo les decía que eran militares pero no he nombrado su nombre de ninguno, porque me ha dicho que va a matar a toda mi familia a mi…Tampoco lo que me pasó he contado a nadie”, recuerda entristecida Ysabel.

CUARTO ACTO: La tortura

Esa mañana del asesinato a Bustíos, Jesús Gálvez, natural de Quinrapa, como Ysabel, se encontraba trabajando en su chacra junto a su personal. Escucharon los disparos y al poco tiempo una explosión, pero sabían que no era seguro salir a ver qué pasaba.

“He escuchado los disparos, dentro un rato un petardo, nada más…habrá sido once, doce de la mañana del día 24 de noviembre de 1988”. Su chacra se ubicaba a unos 900 metros lineales del lugar del asesinato a Bustíos.

Fue uno de sus vecinos quien por la tarde le relataría lo sucedido.

“Uno de mis vecinos me informa: A Hugo Bustíos lo mataron en tu terreno. ¿Cómo en mi terreno, en qué sitio? En Erapata”. En Erapata, Gálvez y sus cinco hermanos habían heredado un terreno tras el fallecimiento de su padre en 1987. En Erapata también es donde habían asesinado a la señora Primitiva y a su hijo la noche anterior.

Así, Gálvez también estuvo entre los conminados al cuartel el sábado después del asesinato a Bustíos. Ysabel recuerda que a través de un resquicio del pañal que le pusieron como venda pudo ver a otros pobladores de la zona tirados con la cara contra el piso. Jamás imaginó que unas horas después el señor Jesús Gálvez sería víctima de la violencia cruel y salvaje de Arturo en ese mismo cuartel. El testimonio de Gálvez es crucial porque confirma lo declarado por Ysabel: que ella coordinaba con Urresti para construir el muro en el cuartel y confirma las detenciones en el cuartel.

Gálvez cuenta que también fue introducido a la misma carpa en la que estuvo detenida Ysabel. A él no solo le vendaron los ojos, también le amarraron las manos hacia atrás con una soguilla. Lo tiraron al suelo con la cara contra la tierra y podía oir que habían otras personas. Escuchó a varias mujeres quejarse porque los militares las estaban manoseando.

“Empezaron a quejarse las señoras en mi contorno. Ellas estaban rogándole por favor que no le hagan daño. ¡Por favor, déjenme, déjenme! Entonces una señora que era de edad, dijo: ¡Sácame la mano, carajo, que yo soy mayor de edad! Entonces a la señora lo callaron. Era la señora Alejandra Saga porque en su voz yo les he reconocido a todos, a las señora Julia Ccuripuri, a la señora Emilia Pérez, a la señora Plácida Ccuripuri, a la señora Ysabel”.

También escuchó al bebé de Ysabel llorar y a alguien callarlo. Gálvez cuenta que tenía la bota de un militar pisándolo contra el suelo y recuerda que pasado un tiempo la bulla en la carpa fue reemplazada por un total silencio. Con las manos adormecidas y aun en el piso, ya no pudo llevar la cuenta, cree que pasaron varias horas. Pero recuerda bien el sonido de pisadas y movimientos fuera de la carpa.

“Entran, me levantan del suelo porque yo tenía los brazos adormecidos totalmente porque desde las once de la mañana aproximadamente me tenían amarrado. Yo no podia ya soportar. Y me sacaron hacia fuera pero por la puerta falsa, no por donde he entrado, yo me he dado cuenta”, dice Gálvez. Recuerda escuchar el motor de un auto al que lo metieron aun vendado y amarrado y en el que le dieron- las contó- hasta dos vueltas dentro del cuartel como para despistarlo. Pero él logra percatarse de que vuelven al mismo lugar del que lo habían sacado. Ya no habían detenidos, eran solo él y sus captores. Y dentro, la carpa había sido acondicionada para lo que sucedería en las siguientes horas. Las peores de su vida.

“Me sueltan las manos que estaban amarradas hacia atrás. Entonces yo dije, ya me soltarán porque el brazo ya estaba todo adormecido, casi no sentía nada. Entonces…nuevamente me doblan las manos para atrás y me envuelven con un trapo, franela, no sé. El brazo nuevamente me envuelven y  me amarran con un soga un poco más gruesa”. Gálvez recuerda que en seguida una voz, la misma que le ordenaba levantarse o no moverse, le dijo que ahora iban a ‘trabajar’.

Imagen referencial para graficar someramente el tipo de tortura que relata el señor Jesús Gálvez. Foto: Internet. Álvarez quedó con secuela de por vida.

“Vamos a trabajar me dijo, y me dio un palmazo en el oído. Como yo estaba vendado empezó a chillar el oido. Fuerte me dio el palmazo. ¡Ahora vas a hablar todo lo que sabes! me dijo, ¿pero de qué voy a hablar? No me dijo de qué voy a hablar”.

Sus brazos estaban amarrados hacia atrás aunque él procuraba mantenerlos pegados al cuerpo. Pudo sentir que alguien comenzaba a jalar la soga y empezaba a estirarse, a elevarse, estaban colgándolo.

“Entonces comenzó a correr la soga para arriba y dos personas de los brazos me levantan en peso para arriba… y la soga corría, pero los pies no me habían amarrado; en eso yo cuando me colgaron pegué mis brazos hacia mi cuerpo … me quedé más o menos no tan volteado, pero había alguien que me tenía agarrado de los pies y me dice: ¡Habla, quién ha matado a la señora Primitiva! Yo no sé nada le dije, no sé nada. Entonces así con palabras vulgares me pregunta la misma voz… me seguía preguntándome: ¡habla, habla! Yo estuve arriba colgado ¡Habla, quién mató?  Yo no sé nada le dije. Entonces ese que estaba agarrando mis pies se cuelga para abajo. Allí mis brazos se fueron para arriba y bueno, grité todo lo que podía porque mis brazos se han doblado para arriba. Me tenían agarrado para abajo, mi pie se fue hacia arriba y mi cabeza hacia abajo…me seguía preguntando ¡Quién mató a la señora Primitiva!”

“En eso estoy contestando y me sueltan al agua.  Yo no sé si ha sido una poza, un cilindro, no sé, pero era una poza de agua apestoso, sucio, con arena. Me sueltan, yo me ahogaba en el agua; después de ahogarme nuevamente me sacan, me siguen preguntando. La misma voz escuchaba me preguntaba, quién mató a la señora Primitiva. Yo no podía responder porque no sé nada”.

Jesús Gálvez no tiene claro cuánto tiempo pasó mientras era torturado. Lo último que recuerda es que en algún momento le amarraron también los pies.

“Me amarraron los pies, entonces nuevamente me sueltan al agua; entonces yo ya no soportaba, quizas la segunda (vez) que me ahogaron ya no me di cuenta de lo que hacían… me ahogaría, me habrían sacado, totalmente no me di cuenta. Hasta ahí es el único que me acuerdo”.

El cuerpo tiene la capacidad de evadirse cuando está sufriendo un dolor muy severo e insorportable. Probablemente es lo que pasó con Jesús Gálvez, que en las próximas horas descubriría que la parte más salvaje de su tortura continuó contra su cuerpo inerte y aunque él ya no tuviera conciencia.

Cuando recuperó el conocimiento, no sabía si horas o días después, estaba rodeado de sus vecinos, todos varones. Cuando pudo ver mejor, se dio cuenta que estaban en un calabozo. El calabozo de la policía de investigación, en esa época la PIP (Policía de Investigación del Perú) en Huanta.

El señor Jesús Gálvez denuncia que fue torturado en el cuartel de Castropampa, en 1988, tras el asesinato del periodista Hugo Bustíos. Señala a Daniel Urresti como su torturador. Entrevista: FemLATAM.

En el calabozo
“Cuando recuperé el conocimiento…estaba en los brazos del señor Salvador Alcázar. Me tenía entre sus piernas y sus brazos preguntándome. Ahí estaba el señor César Rimarachín, ahí estaba el señor Demetrio Palomino, ahí estaba el señor Sabino Ruiz; también estaba el señor que no es de mi comunidad, de la comunidad de Chajo, Jorge Urbay, el otro era el señor Juan Rojas. Trece varones que hemos estado en el calabozo”.

Gálvez ya no tenía la ropa sucia y mojada, sus compañeros de calabozo le habían prestado prendas secas sacándose de lo que llevaban puesto.

“Yo prácticamente los brazos inmóvil, la pierna, todo no podía levantarme, y todos esos dolores en el calabozo soportaba. Me quejaba y mis vecinos me sobaron, me trataban de atenderme. Yo no podía tocarme el cuerpo con las manos porque inmóvil los tenía. Pero sentía yo la parte íntima que tenía una herida…que me dolía, no podía tocarme, incluso echadito no más me orinaba, echadito no más en el calabozo en un recipiente que mis vecinos me atendían”.

Durante los catorce días que los tuvieron detenidos, ningún policía le prestó ayuda médica. A medida que fue recuperando alguna movilidad de los brazos, Jesús intentó verificar qué tenía, qué era lo que tanto dolor le causaba en el cuerpo. “Poco a poco me recuperaba, los brazos también, entonces yo me agarraba mi parte íntima, mi pene agarraba, tenía herida. Mis testes me agarraba, tenía otra herida…A mis vecinos no podía decirles nada porque era una parte íntima…yo lo soportaba el dolor…”.

Cuando al fin los dejaron en libertad, Jesús tuvo que hospedarse en casa de unos familiares y recuperarse en base a atención casera. No pudo ir a un hospital a curarse porque cuenta que fue amenazado. “He salido amenazado de muerte, que me iban a matar, desaparecer si yo me quejaba o yo iba al hospital o contaba lo que me han hecho”. Aún sin saber exactamente cómo le habían provocado esas heridas en el pene y los testículos, Jesús se encontró casi 20 días después con la señora Alejandra Saga. La señora Saga también había estado detenida con él. Lo que le dijo, lo dejó helado.

 “Al verme, se vino con los brazos abiertos llorando, y me dice: ¡te han colgado de los testes, todo te han hecho, con un cable te colgaron, yo he visto! me dijo. Recién yo saqué mi cuenta, de razón he tenido esa herida en el pene. En los testes yo tengo como un corte, una cicatriz. En el pene como si estaría quemado, así lo he tenido”.

La señora Saga le contó todo lo que vio a los militares hacer con su cuerpo inerte, inconsciente por el dolor y la tortura. Jesús recordó una sensación de vacío interminable, como una pesadilla que no acababa, solo que era real. “Prácticamente este cuerpo que ya no tenía vida me han hecho como en mi sueño, yo me iba a un vacío que nunca llegaba, gritando me iba y no podía caer al suelo. Es lo único que me acuerdo…pero este cuerpo inconsciente todo lo que me han hecho…”, relata con los ojos inundados apunto de desbordar.

Gálvez asegura que jamás olvidará esa voz “agresiva” y “rígida” que le hacía las preguntas mientras lo torturaban. Es algo imborrable en su memoria. La voz de la tortura, la voz de la abominación. “Es el señor Daniel Urresti. Aquel entonces estaba con un nombre de Arturo, no sabíamos su nombre legal”.

QUINTO ACTO: Cara a cara con ‘el monstruo’

Durante años, ni Jesús Gálvez ni Ysabel Rodríguez sabían el nombre real de su agresor. Pero tenían impregnados en sus peores memorias su rostro y su voz. Veintisiete años después, Ysabel al fin le pondría nombre a esa cara, a esa voz.

Corría el año en 2015, Yabel había llegado hasta Lima junto con un grupo vecinos de su zona con quienes conformaron una asociación de pacificadores para defenderse del terrorismo. Llegaron a Lima a demandar al Estado reconocimiento como ronderos. Se reunieron con el abogado que los ayudaba cerca a Palacio de gobierno y desayunaron en el centro de Lima donde habían alquilado una habitación.

Hacia el mediodía acordaron ir a almorzar, pero Ysabel estaba cansada y prefirió quedarse. Se sentó bajo la sombra de una palmera alrededor de la Plaza de Armas. Mirando palacio empezó a recordar que de niña había estado allí acompañando a su mamá cuando gobernaba Juan Velazco Alvarado. Su madre defendía los derechos de los agricultores frente a los abusos de los hacendados durante la reforma agraria. “Eso me estaba recordando, mirando todo. Acá he venido con mi mamá diciendo…y de pronto…me llega como una electricidad antes de ver a ese maldito mostro…me asusté. Algo me pasó como una electricidad de todo mi cuerpo y miro acá a todo lado…”.

Allí estaba, parado en pleno centro de Lima, conversando con dos personas alegremente, aquel sujeto al que le debía años de sufrimiento y oscuridad. “A ese mostro de frente lo he reconocido. Estaba conversando con una señorita y con una señora. Le he mirado bien bien. Él es, no es otro. Y en su gorra decía, tenía una gorra negra, decía Urresti.” Ysabel recuerda que se acercó lo más que pudo sin que él alcanzara a verla o reconocerla. A medida que Ysabel se acercaba y escuchaba su voz, entró en una espiral.

“Me puse a llorar como María Magdalena. No me paraban mis lágrimas porque cuando le he reconocido me parecía que en ese momento me ha pasado (las) cosas que me ha pasado…no podía resistir verle a ese mostro pero yo estaba asustada todavía al verlo”. Cuando sus compañeros volvieron del almuerzo la encontraron aún llorando cerca al cuarto que habían alquilado. Le preguntaron qué pasaba pero ella estaba todavía en shock y no se atrevió a contarles. Les dijo, para no tener que dar más explicaciones, que había recordado a su madre. “No podía decirle lo que me pasó…me daba verguenza, miedo, no sé”.

Ysabel, con chompa amarilla sentada en la banca hasta donde se acercó para confirmar que sus ojos veían a quien asegura conoció como el Capitán Arturo 30 años antes y que estaba a la altura de la banca donde está sentado el señor de gorra, según su testimonio. Foto: Comisedh.

Tras volver a Huanta, Ysabel buscó ayuda con defensores de DDHH pero no tuvo suerte la primera vez. En una reunión con sus compañeros de asociación, al fin se atrevió a contarle a uno lo que la carcomía. “Le he reconocido al asesino de Bustíos” le dijo. “La verdad que yo no sabía su nombre verdadero para denunciarlo, pero tarde que temprano voy a llegar a saberlo, voy a denunciar a este mostro, esto no se va a quedar (así) porque este maldito me ha hecho un daño grande”, recuerda haber dicho Ysabel.

Seis meses después, un día después de su cumpleaños, el 9 de Julio de  2015, llegan a su casa en Huanta una periodista de La República junto con una defensora de Derechos Humanos. “Yo les conté con lágrimas en el ojo, llorando la verdad… que me abrazaron, ese abrazo, con ese abrazo me sentí un poco bien pero me he llorado bien, bien…no dejaba llorar, ni hasta ahorita…cada vez que me recuerdo, me duele mucho…entonces ahí decidí hablar lo que me pasó, lo que le he visto su matanza de Bustíos”. Cuenta Ysabel que si bien al fin pudo relatar su experiencia del abuso sexual, pidió que aún no fuese publicada. Al mes siguiente, en Agosto, Ysabel inicia su participación como testigo presencial en el juicio oral por el asesinato del periodista Bustíos.

SEXTO ACTO: Todas las mentiras, todas

Daniel Urresti no solo es sindicado como autor del asesinato de Hugo Bustíos por Ysabel Rodríguez, sino también por el militar Amador Vidal Sanbento quien lo señaló directamente como el asesino de Bustíos junto con Johnny Zapata Acuña “Centuriòn”. Mientras, el militar Edgardo Montoya Contreras desmintió la versión de Urresti de que jamás salió del cuartel el día del ataque a Bustíos. Montoya aseguró ante la Fiscalía que la mañana del asesinato a Bustíos vio salir del cuartel de Castropampa un camión “al mando del capitán Urresti” y que hacia el mediodía éste volvió a pie al cuartel “con su equipo de inteligencia”.

Ysabel, sin embargo, es la única testigo presencial del crimen del periodista que no ha variado su versión y que aún sigue viva. Seis meses después del asesinato a Bustíos, el otro testigo presencial, Alejandro Ortiz Serna, fue asesinado en Huanta de un tiro en la cabeza. El periodista que iba esa mañana en la moto con Bustíos, Eduardo Rojas Arce, sobrevivió a las múltiples heridas de bala pero murió tres años después de una enfermedad terminal.

En los más de 30 años que la familia de Bustíos lleva intentando hallar justicia, varios testigos de Urresti han cambiado sus versiones originales para terminar favoreciendo a Urresti. Edgardo Montoya es uno, Cristóbal Gavilán Mendoza es otro y Donata Ruiz. Estos dos últimos amedrentaron a Ysabel Rodríguez en varias ocasiones, cambiando su versión para tildarla de terrorista, siguiendo la estrategia que ha seguido Urresti hasta la actualidad. Solo años después, el 4 de junio de 2018, Gavilán Mendoza denunció que nunca había sido testigo del crimen porque en esa fecha estaba preso por tráfico de drogas en Lima y que fue obligado a mentir a favor de Urresti. También en 2018, César Girón Ruiz, denunció que Urresti usaba documentos “donde burdamente han falsificado la firma y los sellos oficiales” de la Notaría Pública de su padre en Huanta, César Odón Arana.

La Fiscalía pide 25 años de cárcel para Daniel Urresti por el asesinato de Bustíos. Urresti ha sido desde el 2014 ha sido ministro del Interior, candidato a la presidencia (2015), candidato a la alcaldía de Lima (2018), congresista (2020) y candidato a la presidencia (2021).

En Enero 2021, el programa periodístico de televisión, Cuarto Poder, hizo públicas las grabaciones que demuestran el intento de comprar a los testigos del asesinato de Bustíos. A Jesús Álvarez le ofrecieron 5 mil dólares y una operación a la vista en Lima a cambio de que no vaya a declarar en el nuevo juicio que mandó la Corte Suprema

SÉTIMO ACTO: Recogiendo los pedazos

La siguiente vez que Jesús Gálvez volvió a estar cara a cara con su torturador, fue treinta años después durante la audiencia del 4 de Abril de 2018 por el caso Bustíos. Gálvez tenía ya 77 años y Urresti 62. Urresti Elera continuaba buscando poder político y en ese momento era candidato a la alcaldía de Lima mientras seguía su juicio por el asesinato a Bustíos. Gálvez esperaba su turno para terminar de dar su testimonio cuando escucha detrás suyo esa voz que jamás podrá olvidar.

“Escuché una voz por mi atrás donde dijo: ¡terruco, eres muerto! ¡Te voy a matar! Entonces volteo, era el señor ‘Arturo’ que le conocía, pero…había sido el señor Urresti…Esa voz que en todo momento me hacía preguntas cuando me torturaban…El vigilante que estaba en la puerta le gritó: ¡qué pasa señor, qué pasa!”. Quedó registrado en actas de la audiencia esta amenaza por parte del acusado a un testigo. Como quedó en el cuerpo y vida de Jesús Gálvez marcadas las secuelas permanentes de las horas de tortura.

“Yo he vivido tantos años inválido, valiéndome en mi chacra, valiéndome también de otras personas para trabajar. Yo no puedo hacer esfuerzos como antes lo hacía. Si no hubiera pasado estas cosas yo hubiera sido otra persona, mis hijos hubieran sido profesionales…era mi intención, una meta trazada que lo he tenido. Yo he sido ganadero que todos mis vecinos me conocen. Como campesino, agricultor, quería sacarlos profesional a mis hijos pero mi deseo no se ha cumplido…un inválido no podía”, cuenta entristecido Jesús. Hoy, lo único que pide es seguridad para él y su familia en su chacra. Sabe que Urresti es un tipo con poder y conexiones.

Ysabel también ha tenido que vivir toda su vida bajo la sombra de las maniobras de Urresti y los pedazos de su vida que le ha tocado recoger luego de la amarga experiencia que recién décadas después pudo narrar. Contarla le costó su familia, humillación social y estigmatización. Su esposo no pudo soportarlo. “Ya yo me he separado. Hasta de mis hijos se burlan: tu madre violada, les dicen. Mis hijos me han dado la espalda desde que han llegado a saber. Mucho me maltrataban por la vergüenza: tu dignidad está en el suelo, tu madre cómo se ha desprestigiado, diciendo dice la gente”.

Perdió a su esposo, y a sus hijos les tomó un tiempo comprender que quien debía sentir xno era ella ni ellos, sino quien la violó. “Así era pero ahora por el favor de dios mis hijos se han dado cuenta y me dicen: mamá eres mujer valiente, nosotros nos hemos equivocado”.

Ysabel Roddríguez Chipana. Foto: Comisedh.

A Ysabel la han querido silenciar, la han querido humillar, han querido comprar su silencio y la verdad, la han amenazado, perdió a su familia y recuperó a sus hijos, sus vecinos la acusaron falsamente de terrorista pasando a ser testigos de Urresti, pero ella jamás ha claudicado. Pese a vivir décadas amenazada de muerte y sin poder contarlo todo.

“Todo esa carga todo llevaba dentro mi, dentro de mi corazón…cuando yo escucho de violación a mi me afecta…a mi me duele…parece que ese rato cuando le escucho me pasa. Así que me han hecho un tratamiento psicológico pero no puedo, no me sale, no me curo, sigo siendo afectada…eso no se puede olvidar, eso ya me ha marcado para el resto de mi vida”.

Hoy Ysabel pasa su vida entre su chacra, sus hijos y el sistema de justicia en el que desde hace más de treinta años se libra la batalla contra el poder y la corrupción que buscan ocultar la verdad. Margarita Patiño, viuda de Hugo Bustíos, murió en un accidente de tránsito en Octubre de 2016 y nunca pudo ver la justicia llegar. Sharmelí Bustíos, su hija, continúa la batalla. Las trágicas circunstancias de sus vidas han hecho que Sharmelí e Ysabel se vuelvan un apoyo una para la otra. La lucha continúa.

“¿Un mostro, un violador un asesino nos va a gobernar?”
El juicio que inició en el 2015 fue tirado por la borda cuando en Octubre de 2018, Urresti fue absuelto por el Colegiado B de la Sala Penal Nacional, pese a las montañas de evidencias y testimonios. Ese mismo año se cumplieron tres décadas del asesinato a Hugo Bustíos. Meses después, en Abril de 2019 la Corte Suprema de Justicia declaró nula la absolución a Urresti, llamando la atención a los jueces de la Sala Penal por irregularidades en no haber ponderado las pruebas adecuadamente.

Se inició un nuevo juicio en Noviembre 2020. Urresti continúa tentando otro cargo de poder político, esta vez postula a la presidencia del Perú. También continúa maniobrando para eliminar toda prueba en su contra. En la audiencia del 13 de Enero de 2021, Ysabel Rodríguez denunció el intento de compra de su testimonio para que desistiera de la acusación por violación contra Urresti. Pero Ysabel tiene un poder mucho más grande que cualquier cargo político. Su verdad y su integridad para contarla.

“¿Un mostro, un violador un asesino nos va a gobernar? No puede ser. Si dependería de mi le gritaría a todo el mundo para que no voten por ese maldito hombre, ese hombre no tiene nombre. La verdad estoy muy dolida…lo que pasó conmigo…no quisiera que pase a otras mujeres. Él ahorita me amenaza diciendo que va a ganar el juicio, me va a meter preso…ya, iré preso pues, pero no me va a callar, no me va a callar nadie… siempre voy a hablar donde sea. Nadie no me va a callar”.

Ysabel Rodríguez Chipana, 2021. Foto: Comisedh.

**Daniel Urresti Elera fue contactado por FemLATAM el día viernes 5 de Febrero, 2021 y hasta el cierre de esta publicación no contestó la invitación a replicar las acusaciones.**


Caso Bustíos, Comisión Interamericana de Derechos Humanos, OEA, 1997.

Comité para la Protección de Periodistas, 2015

Claudia Cisneros Méndez Es periodista y comunicadora con estudios en mujer, sexualidad y género. TW

Publicado por speakup3106

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