Soy periodista feminista y activista, y no me bajo del burro de nada

Por Leonor Pérez-Durand

En los tiempos que corren el periodismo no se puede limitar a explicar historias, también debe posicionarse y actuar para cambiar cosas. Así como no basta con no ser racista, hay que ser antirracista -lo cual implica acción-. No basta con ser periodista y declararse feminista, nuestro trabajo además debe generar reflexión y acción.

En una entrevista realizada por Augusto Álvarez Rodrich a la periodista Paola Ugaz, a la que admiro por su trabajo en la investigación de los abusos cometidos contra niños y adolescentes por la orden religiosa del Sodalicio de Vida Cristiana, ambos tomaron como pretexto el libro “Será que soy Feminista”, escrito por la conocida periodista mexicana Alma Guillermoprieto, para hablar sobre el feminismo y el activismo dentro del periodismo, y hablaron mal.

«En su libro Guillermoprieto reflexiona sobre sus últimos 30 años de carrera preguntándose la importancia del feminismo, pero también de la importancia de los hechos», afirmaba Ugaz en la entrevista y seguía: «Yo soy periodista y lo más  importante para mí son los hechos, no me basta el #MeToo porque apoya a la víctima, pero no corrobora los hechos […] lo importante es investigar, no quedarnos en la superficie del yo te creo hermana porque si no matamos todo».

En otra parte de la entrevista, ambos convenían en que el feminismo en el Perú se ejercía desde la intolerancia que «cancela» gente por disentir y «no se dan cuenta que es así como pierden aliados», decía Álvarez Rodrich». Ugaz, por su parte, aseguraba que «cualquier activismo te demuestra que tienes que sumar a todos, si quieres lograr cosas tienes que ceder y conceder», y decía que en el país se están dejando de hablar de temas importantes, como de la creación de guarderías públicas o del acoso a las mujeres en política porque se ha «cancelado» a tal o a cual porque está siendo investigado por alguna denuncia.

«Tu eres periodista y feminista, yo también soy periodista y feminista», decía Álvarez Rodrich a Ugaz; «pero hay otra faceta, el activista y en algunos casos el activismo choca con el periodismo, porque el activismo promueve su causa contra lo que sea y el periodismo busca la verdad. Alguna gente feminista se mete al periodismo con carácter de activista, lo confunde todo y hace un daño enorme al feminismo y al periodismo». «Sí», asentía ella.

Para Dan Gillmor, que ha sido director del Knight Center for Digital Media Entrepreneurship, escritor de tecnología y columnista en diarios como The Guardian, «la objetividad absoluta, es decir, un periodismo completamente separado del activismo, es un mito, igual que los unicornios». Considerado el padre del periodismo ciudadano, Gillmor también asegura que «muchos activistas son periodistas mucho más rigurosos que periodistas de ciertos medios».

Seguir con el argumento de que el periodismo debe ser virginalmente objetivo, que no debe sumarse a ninguna causa, que sólo debe informar sin tener una mirada particular, sin tomar partido es absurdo y desfasado. No está mal tener un punto de vista y volcarlo en nuestra piezas, lo que está mal es que ese punto de vista nos ciegue y no nos permita hacer el ejercicio de salir y entrar de lo que creemos y defendemos. Está mal no buscar la verdad, no el posicionarse frente a ella.

El periodismo activista es el que ha permitido denunciar, escándalos como por ejemplo, el espionaje de la NSA, o casos donde los derechos humanos están siendo vulnerados. ¿Qué clase de profesionales y de personas seríamos si como periodistas no alzamos la voz y no nos ponemos de parte de les más débiles? Con el periodismo ejercido desde el feminismo y el activismo se ha logrado poner sobre la mesa la problemática de la violencia de género como un asunto urgente a combatir.

Desmerecer el impacto de la denunica social a partir del movimiento #MeToo, porque dicen publica denuncias sin contrastar, es no tomar en cuenta la importancia de ese hashtag y de las redes sociales, a través de la cuales miles de mujeres rompieron ‘el secreto’ de los abusos sufridos. En 2017, a raíz de las denuncias por abuso sexual en contra del poderoso productor de Hollywood Harvey Weinstein, Alyssa Milano tuiteó: “si has sufrido de acoso o asalto sexual responde a este tuit con ‘yo también’ ” y a partir de esa acción miles de mujeres pudieron contar sus historias por primera vez; el caso se judicializó y se logró la condena de alguien hasta entonces intocable.

El tuit de Alyssa Milano con el “Yo tambièn” que en pocas semanas fue utilizado por millones de mujeres en más de 80 países en el mundo rompiendo su silencio muchas veces de décadas o de toda una vida.

#Cuéntalo, hashtag creado en 2018 por la periodista española Cristina Fallarás, que en sólo 10 días logró que tres millones de mujeres denunciaran las agresiones y abusos que sufrían, también es ejemplo directo de como el periodismo ejercido desde el feminismo y el activismo puede cambiar cosas. Iniciativas como #MeToo y #Cuéntalo han permitido que el relato de la violencia contra las mujeres lo expliquen las propias mujeres que nunca tuvieron espacio en los medios de prensa para hacerlo.

Contrastar las denuncias que recibimos es nuestro trabajo como periodistas, y a mí, ni mi feminisno, ni mi activismo me impiden hacerlo, al contrario; pero hay casos en los que las pruebas ya no existen, porque se trata de abusos cometidos durante la infancia y la persona agraviada recién denuncia décadas después, ¿qué me toca a mí como periodista? ¿no creer en la denuncia de una mujer o una persona diversa que asegura haber sido víctima de abuso durante la infancia?

Si ejerciese el periodismo desde la construcción patriarcal de los medios de comunicación, que antes de las redes dictaban el relato, sí, olvidaría el caso. En cambio, como periodista feminista y activista, me toca escuchar y encontrar el hilo conductor para contar esas historias, sobre todo, porque aquello de que las mujeres presentan denuncias falsas, es falso. Ejemplo: en España según La Fiscalía General del Estado, en 2019 fueron presentadas 168.057 denuncias por violencia de género, sólo 7 son falsas.

Paola Ugaz en la entrevista habló del caso Guillermo Castrillón, director de teatro peruano denunciado por 16 ex alumnas por abuso sexual, validando la investigación de los hechos. «Me tómo 3 años recopilar todos los testimonios y confirmé la importancia de la investigación de los hechos […] estas víctimas han afrontado una serie de pruebas, hay afrontado un proceso en la fiscalía». Esa investigación jamás hubiera sido posible sin la denuncia en redes sociales de las víctimas. Lo que demuestra la importancia de este tipo de denuncias. Y sin embargo, a pesar de la investigación, la justicia archivó el caso en primera instancia. Lo que confirma una vez más cómo el sistema de justicia no protege a la víctima y por qué muchas prefieren no pasar por ese calvario y solo hacer denuncias sociales. ¿Es justo juzgarlas? ¿Es justo que se queden calladas? ¿Es justo que no las escuchemos?

En 2019, yo misma publiqué el testimonio de otras 16 mujeres que denunciaban a Gerardo Berdejo, activista vegano y antianimalista, también por abusos y hasta por violación sexual. Las historias contadas por mujeres que no se conocían entre sí, demuestran el mismo modus operandi. Sólo 5 de ellas se atrevieron a denunciar y el proceso legal también está siendo un camino empedrado. Ambos casos demuestran que a la justicia no le importa que incluso un grupo de mujeres señale a un agresor.

Desde siempre instituciones y medios de comunicación han estado manejados por el sistema patriarcal, son los hombres los que han creado las leyes, son ellos los que en su mayoría imparten justicia, son los que ocupan cargos directivos en masa, los que imponen su visión como la visión de la sociedad y es por eso que las mujeres no somos creídas y la única manera que hemos encontrado de dar testimonio de nuestras historias es a través de las redes y de periodistas comprometides.

La comunicación del movimiento feminista en el Estado español”, estudio publicado en 2019, subraya que «las redes sociales son uno de los elementos distintivos de la cuarta oleada feminista». Y es que através de las redes, los mensajes llegan a todos lados al mismo tiempo. Además, antes de la pandemia, permitían la convocatoria de movilizaciones, incluso, de alcance internacional. Las redes son el arma para dejarse oír y las mujeres las están usando, y eso: asusta a los victimarios y a quienes no entienden con empatía lo que está pasando. 

Decir que todo el feminismo peruano es intolerante es otra falacia, porque no hay un sólo feminismo, hay varios feminismos: está, por ejemplo, el inclusivo, que propugna generar espacios donde las diversidades de género y raciales sean incluidas; está el abolicionista que quiere acabar con la prostitución; está el radical que quiere abolir el género, y más, así que decir que el feminismo peruano es intolerante no es cierto, lo que no toleramos son las normas del patriarcado que nos encorsetan y asfixian.

Decir que el feminismo peruano “cancela”, es decir segrega a quien piensa diferente es falso, el feminismo “cancela” a los abusadores, a los violadores, a quienes defienden al victimario en lugar de defender a la víctima, a quienes ponen por encima de la vida de la mujer, la vida de unas células. Pero esto es normal, yo como periodista hablaré con un denunciado para obtener su versión, pero no me interesa relacionarme con él, no me interesa verlo de ponente en un evento.

Imagen: 24 Horas

En la entrevista también se habló del caso Cilloniz, según entrevistador y entrevistada, el que este exconductor de programa cultural haya retenido a una actriz peruana en un ascensor no es un caso de violencia machista, tampoco lo es que el mismo personaje tenga denuncias por maltratar a su madre, según ellos este es un tema de salud mental y esto validaría a abusadores, violadores y feminicidas que se escudan en problemas mentales para justificar su misoginía y sus delitos.

Decir que lo cometido por Cilloniz no es violencia de género sino enfermedad mental es, además, falaz. El examen psicológico practicado a Cilloniz dice claramente que no padece enfermedad mental y que simplemente es un narcisista engreído que no tolera la frustración. ¿Le hubiera hecho exactamente lo mismo a un hombre? Además, decir que Cilloniz es un enfermo mental sin pruebas médicas es faltar al rigor de la investigación propugnado en toda la entrevista, y contribuir a la estigmatización de las personas neurodiversas identificándolas como violentas. Y esto último también es algo que el feminismo enseña, a practicar esas sensibilidades.

Buscando, investigando, haciendo mi trabajo de periodista feminista y activista encontré una columna de Augusto Álvarez Rodrich en la que se congratula porque las mujeres peruanas ocupan cargos de mando. «Lo mejor que se puede hacer ahora con este elenco femenino al mando de la política, para contribuir a la erradicación de la discriminación, es evaluar su desempeño al margen del género, y no como suele preferir la barra brava del feminismo, que ve cualquier crítica a ellas como ojeriza antimujer».

Y en estas pocas frases, se estaría yendo en contra de la ley de cuotas. Las mujeres no necesitamos que nadie evalúe nuestro trabajo desde el género, sino por su efectividad. Las cuotas son necesarias porque a pesar de que muchas veces estamos más o igualmente preparadas que un hombre, antes lo eligen a él y encima le pagan más. Las cuotas no son para darnos un trato de favor, sino para corregir la distorsión. Lo de «barra brava del feminismo» responde a morderse la lengua para no llamaros feminazis, pero sólo porque eso queda mal.

En estos tiempos de noeliberalismo a ultranza, de abuso de derechos humanos, de sindemia generada por el egoísmo de los más ricos sobre los pobres; en esta época en la que niñes, mujeres y diversidades siguen siendo sistemáticamente objeto de la violencia patriarcal, ser periodista feminista y activista es lo más coherente para mí y para muches que saben bien que sin acción no hay cambio. Las historias que contamos tienen que afectar, como periodista, no me veo más pasando de puntitas por las piezas que publico.


[1]               Es pertinente mencionar que antes del hashtag #MeToo que se popularizó a raiz del tuit de la actriz Alyssa Milano en el 2017, Me Too fue una organización que fundó en 2006 la activista afrodescendiente por los derechos civiles, Tarana Burke en en favor de jóvenes afroamericanas víctimas de violencia sexual.

*Imagen de portada: Nadia San Martin

Leonor Pérez-Durand es periodista audiovisual, activista, creadora de

teleoLeo.com , sitio web de noticias que aborda temas de afectan a mujeres y

diversidades, pero también, cumpliendo con los objetivos de igualdad y

justicia social del feminismo, da voz a quienes no la tienen.

“Desde mi posición profesional estoy avocada a denunciar los abusos cometidos contra las y los más débiles, ese y no otro es el objetivo de mi trabajo”.

Síguela en @teleoleo

Publicado por speakup3106

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