Violencia entre mujeres: Un debate abierto y necesario

Por Gabriela Wiener y Claudia Cisneros

El patriarcado ha manejado siempre el discurso de “violencia es violencia venga de donde venga” para negar la violencia estructural contra las mujeres e impedir que se combatan las causas del machismo. Como señala la estudiosa de género española Beatriz Gimeno, si todo es violencia y sobre todo si todo es el mismo tipo de violencia entonces no hay razones para establecer medidas concretas de lucha contra la violencia machista. De hecho ese es uno de los argumentos más usados por quienes descalifican los feminicidios e insisten en que se traten como simples asesinatos, extirpándoles su causa de fondo: el género. Aun cuando tenemos perfectamente claro que una mujer puede ser una agresora y creamos que es importante que estemos por fin visibilizando las violencias que se ejercen dentro de nuestros espacios familiares, feministas y lésbicos, toca plantearnos algunas dudas sobre cómo estamos gestionando esto juntas. Hay dos casos puntuales que abren el espacio a un debate y cuestionamiento dentro de los feminismos. Uno es la reciente denuncia contra una comediante feminista y lesbiana por abuso de poder con una menor de edad que estudiaba en la escuela que ella dirigía; y el otro es el reciente fallecimiento de una poeta feminista tras complicaciones por su intento de suicidio luego de que le fuera retirado un premio de poesía por una denuncia de agresión a otra mujer.

Hay que cuestionarnos el efecto político que tiene para la lucha feminista equiparar la violencia patriarcal de un hombre contra una mujer con las violencias que se dan dentro de un grupo oprimido, es decir, entre mujeres y disidencias. Hay que cuestionarnos la ética feminista de colocar en el mismo nivel de violencias y castigo a la violencia que ejerce un hijo del patriarcado contra una mujer, y a la violencia de una mujer contra otra mujer, aunque esta última esté atravesada también por las violencias en relaciones de poder.

Si hablamos de violencia de género y colocamos la imagen de una mujer denunciada por abuso de poder al lado de la imagen de dos agresores hombres – como hemos visto que se ha hecho en algunos medios de comunicación a propósito de la denuncia contra la comediante Carolina Silva Santisteban, o cuando se compara a esta misma mujer, sin observar matices, con un depredador serial como Guillermo Castrillón – un profesor de teatro con 16 acusaciones de abuso sexual y violación en su contra – corremos el riesgo de impactar el trabajo de fondo que vienen haciendo los feminismos desde hace muchos años para diferenciar entre la violencia de género, es decir, la sistémica respaldada por un orden político patriarcal que ejerce el hombre contra la mujer por el solo hecho de ser mujer, de las demás violencias. Este artículo no trata de defender nombres o personas específicas, tampoco de acallar a quienes dentro del feminismo piensen distinto acerca de la justicia, pero sí se trata de hacernos estas preguntas, de indagar y ahondar en reflexiones críticas que ayuden a poner luz en estos complejos temas que nos interpelan a todas y a debatirlos.

Es una enorme conquista que actualmente la ley reconozca la violencia machista como un tipo específico pero no podemos bajar la guardia porque los sectores ultraconservadores siguen intentando desaparecer esa distinción. La violencia que se da entre personas del mismo género en el contexto de la familia, de la pareja y/o en relaciones de poder tiene sus particularidades y debe ser tratada como tal en toda su complejidad. Según un enfoque interseccional, las relaciones entre mujeres pueden ser muy complejas en términos de poder, y aunque no tengan que ver con género, las violencias pueden tener que ver con edad, con racialidad, con clase, etc. aunque ese es un tema de fondo para otro artículo.

Ningún grupo humano está exento de relaciones de poder, pero por más rol agresor o masculinizado que pueda tener una mujer, no se pueden comparar sus actos con las motivaciones y relaciones de poder de un hombre cis que ha nacido y crecido embebido de la cultura de dominio patriarcal hombre-mujer; equipararlos es un error categorial. Extrapolar la violencia hombre-contra-mujer a la violencia mujer-contra-mujer puede parecer lógico, consecuente como una prueba de que ejercemos un feminismo imparcial, sin fisuras. Pero esas exigencias son las típicas estrategias patriarcales para rompernos y volvernos contra nosotras mismas. Los enemigos del feminismo utilizan nuestros debates abiertos para posicionar la idea de que el feminismo es incapaz de trascender sus propias contradicciones.

Hay también un enorme riesgo de que, al señalar la violencia dentro de un grupo históricamente discriminado como las lesbianas, se incurra implícita e involuntariamente en lesbofobia. Claro que las mujeres, claro que las lesbianas, claro que las feministas también pueden ser machistas, violentas, acosadoras, abusivas y asesinas, porque no escapan a la categoría de humanas por ser mujeres, y hay que combatir esa violencia, pero hay que distinguir que no es una violencia nacida y constituida por el orden político patriarcal. Pese a que también existe un porcentaje mínimo de violencia de mujeres hacia hombres en el entorno familiar, no es algo que, como asegura Gimeno, las feministas tengan que estar señalando todo el tiempo en su activismo.

Eso no quiere decir que caigamos en el error de promover políticas de silenciamiento dentro del propio movimiento como se ha intentado algunas veces, ocultando por ejemplo el intento de feminicidio de una mujer lesbiana hacia otra porque ésta era referente o líder de una organización. Eso es grave. También debemos estar alertas a que no se banalice y utilice alguna denuncia solo para cancelar y desactivar voces necesarias dentro del feminismo. Por eso es importante revisar constantemente nuestros haceres, porque nosotras también estamos atravesadas por un tipo de violencia y también nos equivocamos. Hay que hacer funcionar la inteligencia colectiva en procesos difíciles que no acallen sino que escuchen, que ponderen y procuren justicia, y sería deseable que fueran liderados por las propias lesbianas y bisexuales.

Sin dejar de reconocer y abordar las violencias intrafemeninas, el foco y prioridad de nuestras luchas feministas, como sabemos, es el problema sistémico de la violencia hombre-contra-mujer, porque es el que más ocurre, el que más víctimas deja y el que atraviesa todas las estructuras culturales y sociales en las que interactuamos.

Foto: Monica Garwood

Hacia una justicia restaurativa entre mujeres

El otro caso cuya posibilidad de debate fue postergado por la vacancia y el golpe de Estado en el Perú fue el de Evelyn Rondinelli y el colectivo feminista Elefanta de papel; un caso que en los primeros días de noviembre nos sobrecogió a todes:  Evelyn, una joven neurodiversa es cancelada por una denuncia de agresión en un espacio feminista. Las compañeras de Elefanta de papel deciden seguir los protolocos aceptados culturalmente por los movimientos feministas, como garantizar que sus espacios sean seguros y estén libres de agresores y la separan del proyecto colectivo “Húmeda” en el que venían trabajando. Además, le retiran un premio de poesía recientemente otorgado por el colectivo. La decisión detona en Evelyn una crisis psíquica que la lleva al intento de suicidio y a su posterior muerte por complicaciones de ese fallido intento. Ese hecho a su vez desata un linchamiento en redes sociales contra las jóvenes de Elefanta de papel, también autoidentificadas como neurodivergentes, a quienes se culpa de su muerte. La cancelación y el suicidio de una feminista generan más señalamientos y linchamientos desde el feminismo, más daño y más dolor. En toda la gestión, de comienzo a fin, hay algo en nuestra red feminista que no funciona; hay ausencia de una efectiva mediación, no hay un tratamiento cuidadoso de la salud mental de las implicadas o no el suficiente para evitar todos estos daños subsecuentes; la inteligencia colectiva parece fallarnos y no hay dónde encontrar ese espacio de apoyo mutuo y cuidados porque es posible que no exista o esté aún por construirse. Conclusión: una compañera muerta, muchas heridas y desconcertadas, y el patriarcado culpando al feminismo de todo.

Tras la pausa por la crisis política, la herida se ha reabierto luego de que el semanario En sus trece de César Hildebrandt –una revista en la que escriben solo columnistas hombres y desde donde se ha atacado varias veces a mujeres activistas– incluyera una versión de los hechos que intenta dañar a las feministas o deslizar su responsabilidad en la muerte de una persona. Un tema como este, sin embargo, tan complejo y revelador de las distintas violencias que atraviesan también a nuestras comunidades, y que orbita sobre cuestionamientos que llevamos desde hace un tiempo haciéndonos respecto a algunas de nuestras prácticas como feministas, requiere otro tipo de tratamiento y espacio para convocar la reflexión, el encuentro y también la reparación. 

Es tiempo de hablar entre nosotras de estas cosas y no dejárselas al enemigo patriarcal para que nos despedace. Es tiempo de plantearnos protocolos internos para feministas –como siempre en proceso de aprendizaje, deconstrucción y construcción– que no se agoten en los que usamos para defendernos del enemigo común y mayor: el patriarcado y sus hijos abusadores y agresores. Estos últimos casos plantean un problema emergente que nos confronta con nuestras propias limitaciones y posibilidades. Si la justicia formal aún es patriarcal y ofrece pocos espacios y posibilidades para las víctimas y sobrevivientes de violencia de género, la denuncia pública contra agresores masculinos que ejercen poder y abuso con impunidad sigue siendo una manera importante de buscar alguna justicia alterna y sanación para muchas víctimas, pero no deberíamos conformarnos con que sea la única. Hay que explorar otras formas de justicia que surjan de la reflexión colectiva, que no reproduzcan más violencia patriarcal, sobre todo para la resolución de conflictos en nuestros propios espacios, y aún más, cuando las acusadas de agresión sean otras mujeres. Y no estamos hablando de amigas o compañeras, hablamos de mujeres. Y poniendo mucha más atención cuando les acusades son también personas LGTBQI, racializades, precaries, pobres, gordas, mayores, neurodiversas, diversas funcionales y vulnerables en general, que han recibido violencias varias toda su vida.

Para llegar a ello, en primer lugar, es imprescindible partir del reconocimiento del daño por un lado y el deseo de reparación por otro, desde la escucha mutua, el hacerse cargo, el perdón y la toma de consciencia en procesos internos que prioricen el acompañamiento a las víctimas, su cuidado y atención a sus necesidades, pero procurando alejarnos cada vez más del castigo para acercarnos a la restauración consensuada cuando esto sea posible.

Nos toca trascender la polarización que siempre nos encasilla maniqueamente en el papel de la señaladora o la defensora, de la castigadora o la apañadora, para intentar trabajar estas violencias entre mujeres con mediaciones activas y amorosas hacia procesos de enmienda y verdadera liberación feminista. Al fin y al cabo, todas estamos aprendiendo a andar los caminos del feminismo, que son diversos y complejos, pero que se entrelazan porque persiguen lo justo, lo sanador, lo transformador. Ojalá éste pueda ser un aporte a un debate urgente y sororo.


Gabriela Wiener – Periodista, escritora y feminista. TW

Claudia Cisneros – Periodista y comunicadora con estudios en mujer, sexualidad y género. TW

Publicado por speakup3106

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